“No podemos engañar a los ciudadanos dándoles propaganda en lugar de
información”.
Esta frase es del Sindicato de Periodistas de Cataluña en TV3 que
por fin ha reconocido en voz alta lo que todo el mundo piensa en voz baja: que
la televisión pública catalana hace ya mucho tiempo que ha abandonado la
imparcialidad que debería caracterizarla como medio público para convertirse en
mero instrumento de propaganda del independentismo y de Artur Mas.
Los que cuestionen esta idea pueden verificarla personalmente. Sólo tienen que conectar los telenoticias de dicho canal y algún debate sobre Cataluña y su situación actual. Cataluña Radio, más de lo mismo.
TV3 ha sido una de las mejores televisiones autonómicas durante bastantes años. Eso ya es historia. De un tiempo a esta parte destaca por adoctrinar a la audiencia promocionando el independentismo y a sus adláteres e informando de forma parcial y tendenciosa.
Reproduzco la columna de Joaquín Luna en La Vanguardia de hoy. Siento gran sintonía con lo que acostumbra a manifestar este periodista al que he tenido el gusto de conocer personalmente
Saldremos
adelante
JOAQUÍN LUNA
Las sentencias del Tribunal
Supremo cierran siete años convulsos en Catalunya y abren una era. Saldremos
adelante porque ni los independentistas son idiotas ni los favorables a la continuidad
de Catalunya en España y la UE queremos a nadie arrodillado. Juraría que todos
queremos otra cosa y no prolongar los años perdidos mientras la vida pasa
–veloz– fuera.
Yo creo que España
y Catalunya van a sacar lo mejor de sí mismas porque lo peor ya lo han mostrado
en estos años baldíos: nadie ha ganado nada. No sé lo que hará el
independentismo estos días de protestas, sólo espero que, por favor, no vuelva
a olvidar la realidad de esta tierra –que no se mide en sus encuestas sino en
las continuadas elecciones–. Los catalanes que nos sentimos españoles somos
parte esencial de la solución. No encaren el futuro como si no existiéramos.
Somos catalanes, españoles y demócratas.
España es un gran
país. Unos de los menos xenófobos y más descentralizados de Europa, con gente
que sabe vivir y convivir, que ha practicado la solidaridad sin la cual no se
habría conservado la paz social durante la última crisis y que quiere dejar
atrás esta matraca sin humillar, pero con rectificaciones. A las buenas, todo es
posible en España.
¿Tan mal vivíamos
en el 2012 para haber hecho este viaje a ninguna parte? El independentismo
tiene que aceptar la realidad: carece de fuerza para romper Catalunya y España.
Ha quedado claro estos años de fiebre patriótica: muchas han sido las llamadas
a la revolución y pocos los revolucionarios. Vivimos demasiado bien y tampoco
hemos perdido la educación.
España es tan
razonable como cualquier otro gran país democrático. “Hablando se entiende la
gente” es uno de sus dichos más arraigados. El independentismo insiste en su
apuesta por el diálogo, pero lo hace anteponiendo todo aquello que precisamente
torpedea el diálogo. Y ha comprobado ya algo que ignoraba –en fin, no es día de
reproches–: al choque de trenes, España es muy fuerte. Y, cosas del carácter y
siglos de Estado, nunca cederá si se la desafía a todo o nada.
Pronto habrá
actores en Madrid distintos a los de estos siete años nefastos. Ojalá el
independentismo presente una única voz y sea tan razonable como la que se
perfila en Madrid. Saldremos adelante, como salimos con dignidad y concordia
del franquismo, digan lo que digan hoy los revisionistas.
Igual
que manifiesta Enzo Traverso en su libro ¿Qué fue de los intelectuales? nos
hacemos la misma pregunta los que en su día disfrutamos y aprendimos de sus
pensamientos públicos. Traverso demuestra que el pensamiento disidente no ha desaparecido del todo, y que tiene potencial para reinventarse en un contexto nuevo, construyendo articulaciones con los movimientos sociales, hoy huérfanos de proyecto, y con los gérmenes de nuevas utopías.
Traverso nos brinda el alegato a favor de un pensamiento crítico renovado y parte de una definición: un intelectual es aquel que propone un pensamiento disonante en relación con su época, que asume un compromiso político y cuestiona la legitimidad del estado de las cosas.
Quedan algunos meramente testimoniales, pero la penosa realidad del siglo XXI es que estamos bastante huérfanos de estas personalidades que nos iluminaban con sus conocimientos y sembraban en nuestras mentes sensibilidad por los asuntos sociales y espíritu crítico y de compromiso.
La Sagrada Familia sugiere unión, belleza y altura de miras
Algunos medios auguran
movimientos conflictivos en Cataluña para la fecha de hoy. No hay que descartar acciones de grupos independentistas radicales. Ya lo han anunciado... En determinados círculos, quiero
pensar que minoritarios, se respira un ambiente enrarecido y no exento de
temores. Personalmente voy a vivir esta
jornada tal y como tenía previsto: aquaying en el gimnasio por la mañana,
reunión de voluntariado en la escuela con la que colaboro a las 16 h. y
asistencia a la Junta de Gobierno del Centro Aragonés a las 19 h. Casi me
atrevería a aventurar que la jornada va a ser más anodina de lo que se anuncia.
La sociedad, en general, sean sus componentes de unas u otras ideologías, no
quiere conflictos ni enfrentamientos. Adjunto a continuación un artículo interesante y reflexivo de La Vanguardia de hoy
Segunda memoria del 1 de octubre
Jordi Amat
En junio del
2018 el Ayuntamiento de Seva modificó su calendario. Los concejales del
Consistorio decidieron que el día de hoy fuera fiesta local a partir del 2019.
La decisión, tomada por unanimidad, se justificó como un reconocimiento a quien
había hecho posible el referéndum. El 1 de octubre, según la descripción del
alcalde, fue “un día en que la dignidad del pueblo hizo frente a todos los
obstáculos para defender la democracia y nuestros derechos civiles y
políticos”. Es la versión mainstream del independentismo, que mezcla
emociones con palabras mayores. Hoy este pueblo de Osona hace fiesta. A las
ocho de la noche se celebrará la “Conmemoración 1 de octubre” en la rotonda del
1 d’Octubre. No es la única. Hay también en Teià, Castellbisbal o L’Espluga de
Francolí.
Actos como el de Seva se celebrarán por todas
partes. En Olot se hará una marcha de antorchas y entidades independentistas
organizan una cena en el Estartit. A las 20.30 h, en Garrigàs, se iniciará la
performance La fuerza de un pueblo. Tal como se hizo el año pasado,
cuando el centro sociocultural había pasado a llamarse 1 d’Octubre, se
representará una obra de teatro por las calles titulada El ball de les urnes,
una recreación, entre épica y paródica, de los hechos de hace dos años. La ANC
también hará su particular vía crucis en Barcelona: la manifestación que
acabará delante del instituto Balmes, donde la gente gritaba “democracia”
mientras la policía entraba para retirar las urnas. La Assemblea es quien más
actos organiza por el aniversario.
Entre la agenda de hoy y la del año pasado, sin
embargo, se pueden constatar cambios. No sólo se celebrarán menos. Este año
casi ninguno lo organizará un consistorio. Nada que ver con el 2018, cuando
muchas administraciones hicieron un uso intensivo de una memoria determinada
con intencionalidad política. La apuesta por consolidar un lugar de memoria se
había plasmado sobre todo en intervenciones en el nomenclátor. Aquel día
plazas, calles y rotondas fueron bautizadas o cambiaron de nombre, siguiendo
con la apuesta disruptiva que el Ayuntamiento de Girona había impulsado cuando
votó para que la plaza de la Constitució, precisamente esta, pasara a llamarse
plaza del 1 d’Octubre.
Quizá el ejemplo más relevante del cambio sea el
del Ayuntamiento de Barcelona. El año pasado la tenencia de alcaldía de Jaume
Asens organizó exposiciones y mesas redondas en la Modelo. En la agenda que se
puede consultar en la web de la Casa Gran, en cambio, no consta que haya nada
previsto para hoy. En el Parlament habrá sesiones ordinarias de varias
ponencias. Aquí el dato más relevante será si aumentarán las medidas de
seguridad. La conmemoración del año pasado acabó con el intento de asalto del
Palau en el parque de la Ciutadella. El presidente Quim Torra, que aquella
mañana en Sant Julià de Ramis había animado los CDR a “apretar”, fue abucheado
por los manifestantes por la noche, y los Mossos d’Esquadra tuvieron que cargar
contra ellos durante unos minutos de mucha confusión. Confusión y ambigüedad.
El 1 de octubre es el clímax del proceso, pero es como una rotonda sin salida.
La memoria de aquel día, interesada como lo son
todas, es confusa y ambigua porque es como un espejo roto. En sus fragmentos
una sociedad desgastada por la tensión y la irresponsabilidad política no se
reconoce completa: es una memoria que refuerza una comunidad nacional,
complacida en el recuerdo, pero al mismo tiempo es divisiva, porque polariza el
conjunto. Por su éxito y por su fracaso atenaza la vida política catalana y la
deja en suspensión, esperando las sentencias de los procesos penales abiertos.
Es una memoria que atrapa como un relato circular. Posibilita interpretaciones
infinitas y todavía no sabemos descifrar qué pasó.
Para que fuera políticamente rentable, aunque los
miembros del gobierno sabían que no podrían implementar la ley del Referéndum,
se continuó hasta el final con una escenificación que tapaba la competición
interna entre los dos partidos de gobierno. Dicho de otra manera, para forzar
una negociación con el poder central que la sentencia del Estatut había
cortocircuitado, el Govern optó para mentir a su ciudadanía diciendo que la
independencia prometida estaba a tocar. La CUP ya habla de “autoengaño” y de
aquí vienen tantas confusiones y ambigüedades. Engañar a los tuyos para engañar
a los otros, diciendo que tenías un póquer cuando ibas de farol. Este fue el
doble engaño del 1 de octubre. Sobre la mesa de juego los políticos apostaron
su futuro, el autogobierno y los consensos sobre los cuales se funda la
convivencia. Fue una apuesta unilateral, arriesgadísima. Y aquellos dirigentes,
ellos más que nadie, perdieron.
Fue una derrota extraña. El 1 de octubre fue una
escenificación, pero no sólo. Para buena parte de la ciudadanía, también para
los que se quedaron en casa honestamente desamparados, fue una experiencia
auténticamente transformadora. Miles de personas se encontraron en una
situación en la que no se habían imaginado nunca. Si desde el 2012 la
mesocracia catalanista se había habituado a participar en manifestaciones cada
Onze de Setembre, durante las semanas previas al referéndum y sobre todo aquel
día experimentaron un cambio en su compromiso con el movimiento
independentista. En los colegios se encontraron ante las fuerzas de orden y,
codo con codo, hicieron fracasar el tronado operativo que tenía que impedir la
votación. Y con este gesto de resistencia, mientras recibían los golpes o las
imágenes de los golpes rebotaban en sus móviles, se descubrieron hermanados en
un acto de desobediencia civil masiva.
Aquel capital político, que adquirió una
dimensión insurreccional cuando la desobediencia civil confluyó con la
institucional, no era sólo un farol. Lo era y era otra cosa. La magnitud de la
desobediencia fue tal que durante horas de caos consiguió: 1) poner en cuestión
la idea de nación española ortodoxa, y 2) imponer una atmósfera
prerrevolucionaria que en el corazón del Estado creó un vacío de poder. Los
dirigentes independentistas, cautivos de una deriva iliberal, quedaron engullidos
y el ejecutivo de Mariano Rajoy, en shock por la magnitud de una desobediencia
duplicada por la catástrofe de
su operativo policial, quedó desbordado. El caos institucional, constatado de
facto por el discurso del Rey, generó una oleada
nacionalista española. La reacción se puso en marcha. El vacío lo ocupó primero
el alineamiento del poder legislativo. Después
lo sepultó la querella del fiscal general, con la anuencia soterrada de altas
instancias del poder judicial. Y bajo aquella losa seguimos, sin que la
política nos pueda hacer salir de una rotonda convertida en bucle de memorias
contrapuestas.
He finalizado la lectura de este libro, al que ya hice referencia en otra entrada. Conozco personalmente al autor, Jordi Canal Morell, y me merece todo el respeto y consideración como persona y como historiador. Ha valido la pena y lo recomiendo a los interesados en profundizar en el tema que nos tiene divididos a los catalanes y ¿sorprendidos? a los demás: el Procés.
Reproduzco textualmente la reseña de Rafael Núñez Florencio que hace del mismo. Extensa, pero muy ilustrativa.
"El proceso resulta aparentemente incomprensible y una
inagotable fuente de sorpresas e incredulidad. […] A pesar de estar viviendo en
un Estado de derecho, en paz y con todas las leyes en vigor, el proceso se
desencadena fatalmente». ¿Estamos hablando de Cataluña y el proceso catalán?
¡No, por favor, no sean suspicaces! Jordi Canal está haciendo una breve glosa
de una de las obras maestras de Franz Kafka titulada como ustedes saben
‒¡también es coincidencia!‒ El proceso. Escrita entre agosto de 1914 y
enero de 1915, en un mundo que literalmente se desmoronaba –los inicios de la
Gran Guerra‒, permaneció inédita hasta la muerte del autor, siendo publicada
póstumamente en 1925. Todos hemos sufrido y sentido la angustia de Josef K, no
tanto por lo que le pasa como por no entender cabalmente todo aquello que está
pasándole. Tanto es así que la dimensión trágica de la obra queda relegada a un
segundo plano por la incomprensión y la incredulidad y se convierte en un
fresco tragicómico. Llega un momento en el que no podemos reprimir una risa
nerviosa. Según indican algunas fuentes, las personas que asistieron a una
primera lectura del texto por parte del autor se rieron bastante. No me
extraña. Hasta a los acontecimientos más siniestros les exigimos una cierta
lógica. Y si no, no podemos evitar reírnos.
«Los viejos consensos y puentes han sido dinamitados, y el
mundo real y las verdades han desaparecido para dejar paso a otro mundo virtual
y soñado y a las posverdades. Las palabras –votar, decidir, democracia‒ ya no
significan lo mismo que antes. Lo racional ha perdido definitivamente la batalla
frente a las emociones». ¿Seguimos hablando de Kafka o hemos recalado casi
imperceptiblemente en Orwell? Ni una cosa ni otra. Estamos hablando, ahora sí,
de Cataluña en el año 2016, 2017 y 2018. Un lugar de la Europa más
desarrollada, una comunidad en la que rige plenamente (¿todavía?) el Estado de
derecho, donde reinaba la paz y el imperio de la ley, con las más amplias
libertades ciudadanas y una prosperidad envidiable hasta para los estándares
occidentales. En las páginas iniciales de su obra, Jordi Canal juega con esa
analogía, procés/proceso kafkiano, que desemboca en la paradoja o
contraposición: conflicto visceral/orden racional. En el fondo, lo que late en
esas correspondencias es una profunda inquietud –por más que vivamos en un
mundo de orden, «nunca podemos saber lo que ocurrirá mañana»‒, ya convertida
desgraciadamente en constatación: «Ahora sabemos que cosas que nunca creíamos
que pasarían, pasan».
Hablar de Cataluña hoy día es, naturalmente, hablar
del procés, un tema sobre el que ya se ha dicho casi todo, sin que la
inflación de discursos, artículos, análisis y libros haya contribuido
aparentemente –por lo menos, a las alturas en que escribo‒ a una canalización
racional del enfrentamiento ni, por supuesto, a un acercamiento de posturas que
permita dar una salida civilizada a la colisión en forma de pactos o acuerdos
mínimos. Más bien sucede todo lo contrario: un enconamiento de las posiciones
que hace completamente inútiles los argumentos racionales porque las posiciones
están decididas de antemano. Cualquier actor en esta farsa está ya señalado
antes incluso de abrir la boca o escribir una palabra. Mientras no se logre
romper este círculo vicioso –y no se atisba hoy por hoy esa ruptura‒, la
solución pacífica será poco menos que quimérica. Ello nos aboca a otro
escenario que, en principio, nadie quiere contemplar, pero que la fuerza de los
hechos puede convertir en inexorable, como ha pasado tantas veces en la
historia. No ayuda en nada ejercer de agorero o ponerse catastrofista, pero no
podemos cerrar los ojos. Dice Canal: «En estos momentos no conocemos,
lógicamente, el desenlace. No obstante, acabe como acabe, si pensamos en los
efectos que ha tenido y tendrá todavía sobre la sociedad catalana y la española
en general, podemos afirmar ya, sin tapujos, que el proceso terminará mal. Muy
mal» (p. 23).
Para Canal, la principal falacia interpretativa del
nacionalismo catalán es su «obsesión» por leer el pasado «siempre en una clave
absolutamente presentista»
Jordi Canal ‒un historiador de larga trayectoria,
sobradamente conocido por sus estudios sobre el carlismo y el nacionalismo
catalán‒ se ha planteado aquí no tanto una historia académica o aséptica como
un ensayo interpretativo potenciado por la fuerza de su experiencia personal,
es decir, su condición de espectador privilegiado de los acontecimientos. Asume
por ello con naturalidad la irrupción del yo en un análisis que no por ello
renuncia a la mirada objetiva: «No pienso […] que el uso de la primera persona
y la presencia del yo en el relato supongan una merma de la objetividad» (p.
26). Su ensayo no aporta apenas novedades de enfoque o contenido ‒¿quién podría
ser original a estas alturas sobre este tema?‒ pero, a cambio, construye un
análisis tan completo, ordenado, claro y preciso de lo ya sabido que el
resultado es uno de los mejores volúmenes que se ha publicado en los últimos
meses sobre el nacionalismo catalán (no sólo el procés). Ha estructurado
el libro en tres grandes bloques: el primero, «Tiempos de nacionalismo», trata
de los orígenes y desarrollo del catalanismo a lo largo del siglo XX. Es el más
histórico de todos en el sentido convencional. El segundo, «Anatomía
del procés» disecciona los acontecimientos recientes, ya en el
pospujolismo, cuando sus sucesores en el gobierno de la Generalitat abren la
«caja de Pandora». El tercero, «Historias, símbolos y colores de la patria», se
detiene en el relato nacionalista del pasado y en la construcción cultural de
la catalanidad. Esto es, los grandes símbolos que la definen, desde la bandera a
la Diada, pasando por canciones, fiestas, danzas, celebraciones e himnos. Cinco
breves notas componen el epílogo. El lector puede colegir de esa sucinta
exposición que Canal toca tantos asuntos que una mera relación de ellos haría
interminable este artículo. Me limitaré, pues, a señalar aquellas cuestiones
que, por un motivo u otro, me parecen más significativas para reflejar el
contenido del libro.
Para Canal, la principal falacia interpretativa del
nacionalismo catalán es su «obsesión» –cito textualmente‒ por leer el pasado
«siempre en una clave absolutamente presentista». El historiador no puede por
menos de decir «¡Protesto!» «La Generalitat de Cataluña de 2017 o de 2018 nada
tiene que ver, excepto el nombre, con la institución homónima anterior a 1714.
Es hija o nieta, esencialmente, de la de 1931» (pp. 34-35). Segunda gran
estafa: el nacionalismo catalán presenta a Cataluña como nación y a España sólo
como Estado, regateándole su condición nacional. Como ya se sabe cuál es la
concepción del mundo de un nacionalista, la anterior contraposición permite
distinguir «lo natural» (nación catalana) frente a la artificialidad impuesta
(Estado español). Tercera tergiversación de la historia: en contra de la
reinterpretación histórica actual, el catalanismo fue durante buena parte de la
época contemporánea, como movimiento cultural y a veces hasta como movimiento
político, absolutamente compatible con España (con la inserción de Cataluña en
el conjunto español). Complementariamente, «el nacionalismo español tuvo en
Cataluña, en la primera mitad del siglo XIX, una de sus principales bases» (p.
58). Recuerda, por último, Canal, en línea con los historiadores y estudiosos
del nacionalismo, que todo «nacionalismo es una construcción, y la nación, una
construcción de los nacionalistas». En contra de lo que pretenden ahora los
nacionalistas, antes del siglo XX no existía «ninguna nación llamada Cataluña».
Hubo que construirla. Y el «proceso de nacionalización se hizo contra la nación
española» (pp. 63-64).
Esa fue la gran tarea de Jordi Pujol y del pujolismo (Canal
tiene el pudor de no insistir en la otra actividad paralela del president,
el saqueo de las arcas públicas para su beneficio familiar y el partido). Se
trataba, por decirlo en términos caros a Pujol y que, por su difusión y éxito,
retratan toda una forma de ejercer la política, de «fer país». En esa tarea,
los aspectos educacionales y culturales devienen en prioritarios. Pero el
control de la enseñanza y el férreo dominio de todos los medios de comunicación
no habrían cosechado tanto éxito de no haber mediado la instauración y difusión
de una neolengua absolutamente eficaz para los anhelos nacionalistas. El
concepto de «normalización» es aquí fundamental. La imposición del catalán y el
desplazamiento del castellano se ejecutaban con puño de hierro en guante de
seda, en «beneficio de todos», por impulsos democráticos, para integrar y no
segregar, etc. Canal reconoce que la izquierda teóricamente no nacionalista
colaboró activamente, hasta el punto de que terminó haciendo suyo el empeño con
celo digno de mejor causa. Mientras, la derecha callaba de forma vergonzante,
temerosa de que toda defensa del castellano pudiera ser tachada de franquista,
facha o fascista. Canal no sólo reconoce el éxito de la política pujolista,
sino que con un fair play que respeto pero que no suscribo, eleva al
patriarca a la condición de estadista (el único, junto con Tarradellas, dice,
que ha dado la autonomía catalana).
Desde Carlton J. H. Hayes, se ha dicho muchas veces que el
nacionalismo es una religión. Canal menciona y cita a Hayes no sólo para
caracterizar el nacionalismo, sino para sacar las consecuencias pertinentes: el
nacionalismo, como toda religión, es social, necesita ritos públicos y aspira y
promete la salvación de la comunidad elegida. Como buena parte de los
movimientos religiosos, es sumamente sectario, absolutamente intolerante con
otras creencias y con toda crítica que cuestione sus objetivos y métodos. Desde
el punto de vista individual o psicológico, el nacionalismo no atañe sólo a la
voluntad, sino que implica al intelecto, la imaginación y las emociones. En
términos más concretos, el procés supone para mucha gente un modo de
vida y, sobre todo, algo que da sentido a sus vidas. Por eso, tanto a escala
individual como colectiva, son imprescindibles «inmensas performances,
imponentes actos litúrgicos o procesiones monstruo y desbordantes». La crisis
del comienzo del milenio, con «una inusual coincidencia de elementos»
(políticos, económicos, sociales y culturales) perfilará «el escenario de fondo
del proceso independentista»: la tormenta perfecta. No me detendré en los
nombres propios y avatares concretos, suficientemente conocidos y que, en
cualquier caso, forman parte básicamente de la crónica periodística. Sí
destacaré, en cambio, algunos elementos del análisis de fondo del movimiento
independentista.
La profunda nacionalización a la que ha sido sometida la
sociedad catalana en diversas etapas desde 1980 (¡casi cuatro décadas: como el
período franquista!) ha dado como su resultado más tangible que el
independentismo, minoritario en el catalanismo a lo largo de todo el siglo XX,
se haya convertido en hegemónico. Dice Canal que «por encima de todo, me parece
fundamental tener en cuenta que los jóvenes catalanes […] han sido educados en
la escuela autonomista». Suele entenderse mal este análisis y propicia que
siempre salga alguien subrayando los límites del adoctrinamiento, como nos pasó
a quienes sufrimos en tiempos de la dictadura la Formación del Espíritu
Nacional, que tan escasamente caló en nuestras conciencias, si es que no
produjo un efecto opuesto. Canal subraya que no está hablando «exactamente de
adoctrinamiento, aunque algo haya de ello, sino de integración activa en un
universo hipernacionalizado que se cuela en los libros de texto, en las
actividades lectivas y en los juegos». Se conforma un nacionalismo cotidiano,
alimentado con elementos tan triviales como efectivos: «pancartas, carteles,
lazos, pintadas o trabajos manuales», todo un universo machaconamente nacionalista
y nacionalizador fuera del cual no hay vida posible.
A todo ello hay que añadir el papel que desempeñan los
medios de comunicación, asunto sobre el que no me voy a extender por ser
suficientemente conocido. La degradación –no sólo política, sino incluso moral,
con el enaltecimiento del terrorismo‒ de TV3 y Catalunya Ràdio, por citar
referencias incuestionables, no ha constituido hasta el momento razón
suficiente para que se les llame, como mínimo, al respeto del orden
constitucional, ya que no a la pluralidad de informaciones y contenidos. La
vida cotidiana de cientos de miles de catalanes transcurre en un espacio en el
que el nacionalismo es tan «natural» como el aire que se respira. «Uno de los
grandes éxitos» de este proceso, enfatiza Canal, es «la aceptación como
evidentes, por parte de numerosos catalanes, de cosas que distan mucho de
serlo». Análisis, argumentos o simples creencias convertidas en eslóganes
dogmáticos: el famoso «España nos roba», pero también «la culpa es de Madrid»,
«Cataluña es más moderna», «España no nos quiere», «derecho a decidir»,
«democracia es votar» y muchas otras del mismo estilo (p. 222). Las redes
sociales han posibilitado un campo amplísimo para señalar al
discrepante de esas verdades establecidas: desde la descalificación a la
denuncia, pasando, naturalmente, por el insulto y la intimidación.
Cuando Canal escribe su análisis (finales de 2017 y
comienzos del presente año), aún puede decir que «la famosa no violencia del
proceso catalán es cierta solamente a medias». Detecta «poca violencia física,
pero muchísima simbólica o moral». Denuncia que las ocupaciones de los espacios
públicos no han sido precisamente amables, que existen vetos y listas negras,
que los piquetes no se andan con remilgos. Como resultado de esas presiones se
ha instalado el miedo en una parte de la sociedad catalana (adivinen cuál).
Para una parte importante de la población, es vital no significarse para no
perder el trabajo, o para que sus vecinos no les humillen, o para que sus hijos
no sean marginados en las escuelas. Tienen que callar o disimular y, aun así,
no suele ser suficiente, porque el fanatismo mal tolera a los tibios o
discretos. Canal escribe en unos momentos en los que estas tendencias están ya
arraigadas pero se mantienen en un tono relativamente contenido para no
deslucir la propaganda idílica de un proceso democrático, pacífico, ejemplar.
Sin embargo, a estas alturas ya puede establecerse ‒desgraciadamente con un
escaso margen de error‒ que el proceso de batasunización de la política
y la sociedad catalanas es imparable. Las consecuencias son imprevisibles, pero
siempre serán nefastas. A este respecto, se echa en falta que partidos e
instituciones se pronuncien con claridad y determinación. Pues no se subraya
que la capacidad de resistencia de los constitucionalistas es, por fuerza,
limitada, aunque sólo sea por razones temporales. Si ya es imposible exigirle a
un ciudadano que se comporte como un héroe, más inviable aún es pedirle que lo
sea a tiempo completo, de manera indefinida y arrastrando al peligro a su
familia. Para el ciudadano común, para la vida cotidiana, no se activan los
mecanismos más elementales del Estado de derecho, los que permiten vivir en
paz, libertad y seguridad. De seguir así, la contienda estará inexorablemente
perdida. Será únicamente cuestión de tiempo. Y ellos lo saben.
El tercer bloque del libro es una disección magistral de la
reescritura nacionalista de la historia, la reelaboración sectaria de las
tradiciones y el uso partidista de todo tipo de símbolos culturales para
componer una sostenida «apelación a las emociones» que genere un universo
nacional de «identidad, pertenencia y cohesión» de «los propios» (catalanes)
frente a «los otros» (españoles), caracterizados en el mejor de los casos por
su incomprensión y, más habitualmente, por su hostilidad. Como dije en el caso
de los acontecimientos políticos concretos, tampoco puedo detenerme en este
ámbito, que requeriría un amplio apartado expositivo. Y para quienes echen de
menos una crítica de los mecanismos que ha puesto en marcha el gobierno de la
nación y el Estado de derecho para responder a este desafío que algunos llaman
«golpe de Estado posmoderno», les recuerdo que el libro de Jordi Canal se
centra en el nacionalismo catalán y el proceso independentista, no en lo que en
algunos hemos diagnosticado como crisis del régimen constitucional de
1978.
La perspectiva de un independentismo que se ha echado al
monte no proporciona precisamente una perspectiva tranquilizadora.
Aun así, es inevitable que el libro termine con unas
consideraciones que no afectan tan solo a uno de los contendientes, el
nacionalismo catalán, sino que se amplían al marco español. Haré en este punto
una confesión personal que me ha supuesto en los últimos meses muchas
desavenencias con amigos, colegas y contertulios en general: frente al
mayoritario «lo peor ha pasado» –en referencia a la crisis de octubre de 2017‒,
siempre he sostenido que ello sería, en todo caso, cierto si preferimos el
diagnóstico de un cáncer avanzado y con metástasis a un infarto agudo de
miocardio. Es verdad que con el infarto –la declaración unilateral de
independencia‒ se nos va el paciente, pero no es menos cierto que la
perspectiva de un independentismo que se ha echado al monte no proporciona
precisamente una perspectiva tranquilizadora. Magra satisfacción me produce
también por ello que el autor coincida con mi apreciación personal: tras las
elecciones del 21-D, escribe, «muchas cosas han seguido igual o incluso han
empeorado en Cataluña» (p. 377). Cita Canal todo el catálogo de desafíos
independentistas, alude a la vulneración de la legalidad vigente (añado que
poco menos que impune en muchos ámbitos, como el orden público) y destaca, en
especial, el esfuerzo que ya a estas alturas puede darse por conseguido (¡una
victoria más!) de internacionalizar el conflicto. Sostuve, por mi parte, desde
el principio que dicha internacionalización –ante la que el Estado no impulsó,
por decirlo suavemente, todos los mecanismos que estaban a su disposición‒ era
a largo plazo, junto con la judicialización de la política, uno de los mayores
peligros de esta crisis. Creo que, a estas alturas, ya nadie puede ponerlo en
duda. Con todo ello el independentismo va extendiendo su relato, como
ahora se dice, allende las fronteras, a la par que siembra un victimismo
siempre rentable en última instancia. Mientras, mantiene o intensifica el
control del espacio público (¿dónde quedó la primavera constitucionalista?), alardea de su hegemonía en el
ámbito educativo y reta al Estado desde el dominio absoluto de los grandes
medios (televisión, radio y prensa). ¡Y todo ello con el artículo 155 de la
Constitución activado! ¿Para qué ha servido?
Suele usarse con frecuencia el
término aceleración para caracterizar la marcha de los
acontecimientos en este mundo que vivimos y, muy en especial, para singularizar
la dinámica política. Casi convertido en tópico, este planteamiento del ritmo
vertiginoso de la vida pública es difícilmente cuestionable ante situaciones
como las aquí descritas. Cuando habíamos aceptado, por la fuerza de los hechos,
que en cuestión de semanas las cosas podían mutar hasta extremos a priori
difícilmente concebibles, hete aquí que la susodicha aceleración nos arroja a
un panorama de cambios progresivamente más bruscos y radicales. Unas
transformaciones que, como todo el mundo sabe, no han dejado títere con cabeza
o, por decirlo en términos más concretos, han afectados a los tres niveles
posibles del conflicto: primero, al propio campo del independentismo, con un
reordenamiento de líderes como consecuencia de las actuaciones judiciales;
segundo, a las relaciones entre la Comunidad Autónoma y el Gobierno de la
nación, con la constitución de un nuevo Govern y el levantamiento del artículo
155; y, en tercer lugar, la caída del gabinete de Mariano Rajoy y su
sustitución –mediante moción de censura‒ por una alternativa de heterogénea
composición, en la que no cabe ignorar el peso de los partidos
independentistas. Sea como fuere la ulterior evolución de los acontecimientos,
el conflicto dista mucho de presentar un cariz tranquilizador o meramente
encarrilado.
Canal escribe cuando la opinión pública no sabía nada aún de
Quim Torra y de su ideario (?) político, pero eso a la larga resulta casi
irrelevante. Pues su análisis sigue teniendo la misma vigencia ahora que hace
seis meses: «La aventura independentista ha llegado tan lejos como consecuencia
de los silencios, la infravaloración o la incredulidad de aquellos que podían
haber reaccionado mucho antes, desde el Gobierno de Mariano Rajoy a la Unión
Europea, pasando por las oposiciones, los intelectuales o los empresarios». Y
añade un matiz esencial desde mi punto de vista: «Los proyectos alternativos
mínimamente convincentes e ilusionantes han brillado por su ausencia». En
efecto: «¡Es la política, estúpidos!», es la política lo que ha fallado o,
mejor dicho, lo que ha faltado clamorosamente. Y así nos va. Y así están las
cosas, en ese impasse kafkiano en el que nadie atisba solución
alguna, pues el presente no puede ser más inestable, ya no podemos volver al
pasado y el futuro se adivina tenebroso. En los compases finales de su
magnífica obra, Canal vuelve a remitirse a Kafka y al señor K, cuando dice que
«lo único que puedo hacer es mantener el sentido común hasta el final». El
autor se agarra a ese clavo ardiendo y califica ese llamamiento al sentido
común de «programa auténticamente revolucionario» en estos tiempos. No quiero
ponerlo en duda, pero no deja de ser una apelación retórica. Y el hecho de que
el mero sentido común sea inviable nos muestra el punto al que hemos llegado.
Patético. Kafka en Cataluña, ciertamente".
Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia y profesor
de Filosofía. Sus últimos libros son Hollada piel de toro. Del sentimiento
de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Madrid, Parques
Nacionales, 2004), El peso del pesimismo: del 98 al
desencanto (Madrid, Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena
Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Madrid,
Marcial Pons, 2014).
El pluralismo es un valor que debe ser fomentado contra la uniformidad que algunos quisieran imponer.Se pueden mantener convicciones e ideas distintas y ser, a la vez, comprensivos y tolerantes con quienes piensan diferente, pero siguen siendo tan humanos como cualquiera. El pluralismo se opone tanto al elitismo como al populismo...
lunes, septiembre 16, 2019
Un digital indepe evita decir que España gana el mundial de baloncesto
“Cinco catalanes se proclaman campeones del mundo”, según El Nacional
El digital El Nacional ha evitado mencionar España o selección española en el titular de la noticia sobre la victoria del combinado español ante Argentina en la final del Mundial de baloncesto de China. El diario habla sólo de “cinco catalanes se proclaman campeones del mundo de baloncesto”.
El Nacional cita exclusivamente al quinteto de jugadores catalanes que integran la selección española de baloncesto: Marc Gasol, de los Toronto Raptors; Ricky Rubio, de los Phones Suns; y Pau Ribas y Pierre Oriola, del Barça; y Xavi Rabaseda, del Gran Canaria.
El equipo de Sergio Scariolo ha superado la selección argentina por 75 a 95. Esta es la segunda medalla de oro que consigue España en un mundial de baloncesto, trece años después de ganar el título en el Mundial de Japón.
No quiero ocultar la sintonía que siento por lo que expresa Joaquín Luna, al que tengo el gusto de conocer personalmente, en este artículo
Menos banderas y más gobernar
JOAQUÍN LUNA
Vuelven
hoy las banderas al viento, el día de la patria y el gentío, aunque otros dirán
que es una jornada hermosa, cívica y ejemplar. No lamentaré que la Diada ya no
sea de todos, porque, la verdad, nunca la hice mía. Carezco de los resortes
imprescindibles para celebrar la Diada (o el Doce de Octubre).
Lo
que sí era mío –y ya no– era un sentimiento de orgullo de ser ciudadano de
Catalunya, porque primaban valores éticos, racionales y europeístas, machacados
estos años por quienes tanto dicen amarla, al modo del “la maté porque era mía”.
El
resumen es sencillo: menos Catalunya –como coartada– y más gobernar, porque el
siglo XXI transcurre veloz y son siete años en Babia. Sin gobierno pero
costeando uno –¡ahora dos!– y a precio de oro.
Esta
Catalunya me resulta fea. Yo respeto que el independentismo aspire a
materializar su ideal, lo que no trago es que elija vías sin salida por
contrarias a principios universales: el respeto a la ley es sagrado y el
derecho a la autodeterminación sólo lo reconoce la ONU a las colonias. Punto.
Nunca fuimos colonia.
¿Recuerdan
el espíritu emprendedor catalán, que desconfiaba de lo ministerial y los
funcionarios mesetarios del cortadito? Jamás tuvimos tantos despachos,
subdirecciones y momios, justo cuando el marco global permite aligerar la administración.
El procesismo es el modus vivendi y Catalunya se ha
llenado de chiringuitos. No hay Estado propio pero sí “estructuras de Estado”.
¡De Estado con ínfulas! La república no llega pero para cuando llegue está todo
en su sitio, desde los enchufados hasta esas ridículas embajadas –nada que ver
con las más de 40 oficinas comerciales de la Generalitat– o el formidable
aparato de propaganda que engañó a sabiendas sobre la UE y el reconocimiento y
hoy se las ve y se las desea para maquillar el procés:
una chapuza política.
¿Cómo
puede uno exigir más financiación si administra tan mal la que dispone? Esta
hubiese sido una duda a lo Josep Pla pertinente, higiénica y sensata en la
Catalunya de antes...
De
la modernidad europeísta al carlismo con redes digitales (carlismo se queda).
De la filosofía del pacto –mediterránea y rentable– a los desafíos pueriles.
Cuando figuras del independentistas admiten que subestimaron al Estado, pienso:
¡semejantes amateurs no se merecen uno!
La
Catalunya del mestizaje mira hoy los apellidos de cada cual. O ve el castellano
como una fastidiosa herencia. El mérito es irrelevante a la hora de tener un
cargo. Coexistimos porque queda educación –valor muy catalán–, pero aún nos
endilgan lecciones de superioridad con los presos.
Catalunya
pierde empuje y cartel, y el que perderá. Ya se aprecia un efecto del
desgobierno –la inseguridad en Barcelona– y llegarán otros.
Hasta no hace mucho el ONZE DE SETEMBRE era una celebración democráticamente inclusiva, no sabía de clanes ni banderías y tendía puentes sobre las aguas que los separaban. No queda muy lejos esa época, pero ya está más que sumida en el olvido. De unos años para acá - ¿a
quién hay que otorgar el "galardón"? - la Diada es sinónimo de facción, exclusión y ruptura. Estas singularidades son también las que lamentablemente caracterizan a la política
catalana de los últimos años... Una auténtica
pena.