Los placeres solos son más limitados. La compañía de un entorno adecuado los enriquece. Por ejemplo, abordemos el tema de un buen vino (1): poco placer puede proporcionar el mejor de los caldos de la cosecha más excelente de un viñedo reconocido si se toma en un vulgar vaso de plástico en un sitio sórdido, engulléndolo como si no existiese el paladar y en la más sombría de las soledades... Ese mismo vino, que en las condiciones mencionadas puede ser hasta execrable, adquirirá la condición de excelencia si se escancia en una copa de fino cristal transparente – no hace falta que sea de Murano – y se comparte con grata compañía a la luz de unas velas y con los acordes de la trompeta de Miles Davis desgranando los acordes tenues de "SUMMERTIME"...
Una antigua teoría del placer, ¿todavía vigente?, dice que para alimentarlo hay que cultivar la abstinencia. Un trago de agua (1) no es prácticamente nada placentero si se toma de cualquier manera, en cualquier lugar y de forma continuada y compulsiva. Y hoy está de moda beber agua como si se tratase de una obligación perentoriamente vital y saludable. Supongo que más que la búsqueda del placer se persiguen otros objetivos. Y es una pena porque para degustar el placer de beber agua hay que pasar sed un buen rato (2) para disfrutarla en toda su plenitud. Y si en vez de beberla directamente de esos sórdidos y manoseados envases plastificados, la tomamos en un vaso entelado por el frescor del líquido a pequeños sorbitos, lentamente, pasando la lengua por la comisura de los labios... alcanzaremos el cenit del placer. ¿O no?
(1).- Agua y vino podrían ser “metáforas” de lo que tú quieras...
(2).- Donde dice “rato” podría entenderse unas horas, unos días...

