Estimado
Manuel:
Tu
comentario en la entrada anterior me sorprendió y agradó mucho. Por eso te
dedico esta breve, pero sentida carta.
Los
blogueros que ya llevamos cierto tiempo por estos menesteres sabemos que
la mayoría de las visitas que llegan a nuestras respectivas bitácoras son fruto
del azar y de los designios de buscadores todopoderosos (Google, Yahoo, etc) que reconducen las consultas sobre diversos
asuntos a las numerosísimas páginas
webs, blogs, etc. existentes y que
puedan haberlos abordado o simplemente mencionado. Esas visitas, que recoge el
contador que se pueda tener activado, no tienen ninguna relevancia. Presumir
del número, por muy elevado que sea, es pecar de presunción.
Las
visitas que sí cuentan y agradecemos de verdad son las de los que dejan
comentarios que, por fortuna, acostumbran a ser muy positivos mayoritariamente.
Incluso aunque sean discrepantes, pero que saben guardar las formas. Tan gratas
resultan que se llega a establecer una
suerte de lazos de carácter ideológico
y hasta afectivo con quines las protagonzan. A veces, este conocimiento
propicia otro tipo de comunicación que puede desembocar en el conocimiento
directo y personal. Mi experiencia, en este sentido, ha sido muy gratificante.
Pero
tú, estimado Manuel, con tu emersión inesperada, te has convertido en la
personificación de esos visitantes silenciosos que, con fidelidad y constancia,
estáis ahí leyendo nuestros escritos. En silencio... Asintiendo o discrepando,
pero en voz baja. Algunos, como es tu
caso, estáis lejos; otros pueden pertenecer a entornos más próximos (familiares, amigos, compañeros...), pero
que no dejan huella escrita de su presencia. Sus razones tendrán. A ellos
y a ti, mi más sincero reconocimiento. Tanto los que comentan como los que no sois en gran medida nuestra razón de ser y de estar aquí. Gracias, una vez más.
(Una emersión de vez en cuando aunque solo sea para saludar también se
agradecerá, ¿eh?)
Un
fuerte abrazo, Manuel (extensible a todos los demás)
Luis
Antonio
