Sigo con interés todas las novedades del recinto barcelonés de Montjuïc porque, no en vano, viví algunos de mis años mozos en la Av. Rius i Taulet a pocos metros de la mítica Font Màgica.
Las fotos muestran las Cuatro Columnas Jónicas de Josep Puig i Cadafalch - uno de los arquitectos más destacados del modernismo catalán - recientemente re-inauguradas, 82 años después de su derribo ordenado en 1928 por el general Miguel Primo de Rivera al considerarlas un símbolo de catalanidad.
La restitución de las Cuatro Columnas ha sido un acto cargado de simbolismo y de reivindicación nacional catalana, en el que no han faltado los castellers y la Coral Sant Jordi, que ha interpretado el himno nacional catalán "Els Segadors".
"La historia ha demostrado que nos pueden quitar muchas cosas pero hay una que no nos han podido quitar nunca, que es la fuerza de creer en nosotros mismos", afirmó el president de la Generalitat, Artur Mas. El alcalde de Barcelona, Jordi Hereu, ofreció este espacio para conmemorar la próxima Diada de Catalunya.
Desde un punto de vista meramente estético, las columnas obstruyen en cierto modo, y según la perspectiva, la visión del Palacio de Montjuïc (Museu Nacional d’Art de Catalunya) o la avenida María Cristina del recinto ferial. Como todos los cambios, cuesta asumirlos, pero en principio no acaban de gustarme...
Desde un punto de vista simbólico, no sé qué decir. Todo esto de los convencionalismos simbólicos no lo vivo ni de cerca ni de lejos con la intensidad emocional de otros a pesar de que soy consciente de que un símbolo es una forma de exteriorizar un pensamiento, idea o sentimiento... Pero cuando veo banderas u otra suerte de iconos, tales como estas columnas, que representan las “Cuatro Barras” de Cataluña (o de Aragón), asociadas a según quiénes y en según qué circunstancias de uso interesado y partidista siento que tampoco me agradan. También rechazo de pleno que Primo de Rivera mandara demolerlas. ¿Tan raro soy?

