
La
llamada "turba tuitera" (John
Carlin), tan en boga actualmente, acostumbra a
sobredimensionar lo que no son más que provocaciones e incluso eleva a drama
político lo que no pasa de ser un error o una tolerancia excesiva hacia lo
meramente chistoso. No tengo la menor duda de que es más pedagógico reaccionar
serenamente ante las expresiones intempestivas y de mal gusto que puedan
afectar la sensibilidad de los demás, que responder airadamente, aunque sea lo
que nos pide el cuerpo. A veces es bueno morderse la lengua, no entrar al
trapo, ignorar lo que no debería ser ni merecedor de la más mínima
consideración. El silencio y la indiferencia hacia lo que irrita, darle dos
vueltas a lo que hiere antes de contestar espontáneamente, no equivale a cobardía
o a aceptarlo y aplaudirlo, sino a negarle la relevancia que adquiere si lo
convertimos en una grave ofensa.