(Haz "clic" sobre el gato y captarás su pensamiento)

“Resulta que el gallo padecía de insomnio y se ponía a cantar arias de Verdi a altas horas de la noche. El resto del gallinero estaba más que soliviantado. Gallinas ojerosas y agotadas. Una se queja de que ayer les despertó a las 3,30 a.m. con Rigoletto. Otra gallina, más joven, encuentra muy apuesto al gallo y dice que canta muy bien. Sin duda, está enamorada. Pero la mayoría, por no decir todas, estaban tan hartas de la situación que decidieron nombrar una comisión delegada compuesta por la gallina de más edad y la más joven para entrevistarse con el granjero y exponerle una queja formal. En la entrevista manifestaron el estrés que sufrían y, además, algunas ya no ponían huevos. Querían al gallo, pero a condición de que cantase al amanecer, como hacen todos los gallos decentes. El granjero habló seriamente con el gallo. Aunque no consiguió convencerlo de que cambiase de horario, después de largas horas de negociaciones el gallo accedió al menos a variar su repertorio y a partir de entonces se dedicó a cantar exclusivamente baladas románticas. Las gallinas se despertaban igual en medio de la noche, pero volvían a dormirse enseguida y tenían sueños maravillosos”
Este era el resumen del cuento de Víctor González comentado en clase. Un gallo singular, culto y prodigioso. Pocos alumnos le encontraron la gracia. Preguntaban qué era eso de las arias de Verdi y Rigoletto...
Ya de regreso hacia casa, al llegar a la Rambla del Raval, decidí saludar al Gato de Fernando Botero. Otro animal prodigioso. Por su tamaño y, sobre todo, por su mirada. Creo que le llaman el gato filósofo. Si hay quien afirma que los perros “hablan”, se podría decir, viendo a este, que los gatos “piensan”. No tengo la menor duda. La foto que he hecho esta mañana y que encabeza este escrito lo demuestra. Creo yo... Esta escultura es del año 1982. Hoy, el “minino” está especialmente triste y meditabundo. Diría que me ignora. En el Aeropuerto del Prat hay un caballo del mismo escultor. Tampoco pasa desapercibido...
Botero es el artista colombiano mejor conocido por las robustas y exageradas formas humanas de sus obras, es tanto historia viva como una leyenda viviente. La monumentalidad, el humor, la ironía y la ingenuidad se combinan en sus obras con un admirable dominio del oficio y gran talento. La primera vez que vi una exposición de su pintura quedé sorprendido, estupefacto... Con el tiempo me he ido familiarizando y ahora hasta me considero un admirador, a veces fervoroso, de su estilo. Óleo, acuarela, pastel, sanguina o lápiz son manejados con gran destreza a lo largo de su obra. Botero emplea la singular gordura desproporcionada como base de una cariñosa burla para comentar ciertos aspectos de la vida. Tras esa hinchazón desbordante, tras el gigantismo de sus figuras... laten corazones sensibles.
Tras el saludo de rigor al gato filósofo, hoy poco expresivo, me encamino hacia el Metro por la calle Sant Pau. Ahora peatonal. Paquistaníes inconfundibles en las diversas peluquerías de esta calle. Mujeres empañoladas en una carnicería marroquí. En el cruce de la calle Sant Ramón, numerosos hombres multiétnicos remoloneando indecisos en torno a algunas señoras que no pasan desapercibidas. Reminiscencias de lo que en su día fue el Barrio Chino. Numerosos locutorios claustrofóbicos. El videoclub hindú está vacío a estas horas, pero las estanterías repletas dejan patente que Bollywood es el mayor centro de producción cinematográfica del planeta. Los domingos por la tarde, me han contado, la Rambla del Raval muestra un cuerpo multirracial y cualquiera puede pensar que aquello, más que Barcelona, es Islamabad o Kabul. Es algo así como una versión moderna de la Torre de Babel. No en vano se la conoce ya por el nombre de Ravalquistán...
Ya en las Ramblas, el Gran Teatro del Liceo aparece sitiado por ejércitos de escolares emparejados y bulliciosos que salen de la visita y que esperan impacientes a la entrada. En cartelera, la ópera El cazador furtivo, (obra chispeante y arrolladora que narra la fantástica historia de amor entre el cazador Max y la joven Agathe). Tras los puestos de flores y los acostumbrados turistas fotografiando la casa de los paraguas, la parte superior de la torre de la Iglesia del Pi asoma tímida, senil y anacrónica entre un arco de un edifico moderno hecho, sin duda, a propósito. Una masa de turistas con las digitales en ristre pugna por entrar en el Mercado de la Boquería. Varias cámaras de TV están filmando los accesos. Rehuyo como puedo estos enjambres humanos y me dirijo hacia los escasos puestos de venta de animales que todavía sobreviven, dada la rigidez de las nuevas normas municipales. Todos en cautiverio. Peces mudos. Concierto bullicioso de trinos de pájaros, gallinas que cloquean, chillidos de loros, arrullos de palomas, pollitos que pían, gorjeos de verderones y los inconfundibles cacareos de los gallos que ya a la hora desacostumbrada del mediodía reclaman, vanidosos y con la cresta erizada, que se les distinga de los demás y se les preste atención exclusiva. Me abstraigo en ellos, esperando que alguno, con la proximidad del Liceo, interprete alguna aria o algo parecido, como el del cuento o, en su caso, una balada romántica. Pero los gallos son vulgarmente auténticos y los prodigiosos sólo se hallan... en los cuentos y en los sueños infantiles.