Toni Martín, cargo del PP
andaluz, se siente abrumado por la repercusión que ha tenido en Facebook su declaración en la que manifestaba que "se sentía gilipollas después de visitar Cataluña" y comprobar la falsedad de los tópicos
malignos que circulan por ahí sobre la idiosincrasia de los catalanes. Por eso, concluye que vuelve a Andalucía "con sensación de ser gilipollas" por haber creído en los
estereotipos y razona que con estos tópicos "malignos"
solo se contribuye a "extender
el odio y el rechazo".
Manifiesta que no ha tenido oportunidad de
conocer a ese que le saludas con un "buenos
días" y te responde en catalán. Le dices "perdón, es que no le entiendo" y te sigue hablando en
catalán. Añade que "buscaba
también al que no te mira o lo hace con cara de asco cuando ve que eres de otra
parte de España. Pero oye, ni rastro", declara. De esta
forma explica que solo ha encontrado "gente
muy amable y muy simpática" y afirma que "ha recibido más sonrisas
y educación que
en mucho tiempo". "Me han
preguntado por mi ciudad, por si me lo estaba pasando bien, me han ayudado en
lo que han podido y he necesitado"
Creo que
esta anécdota merece una reflexión sobre esos lugares comunes de carácter
verbal conocidos y transitados por todos o por muchos y que reciben el nombre
de tópicos o frases hechas.
El tópico,
es bien sabido, no dice nada nuevo a nadie, sino más bien lo que todos saben.
Se trata de frases prefabricadas, ya terminadas y dispuestas para uso de cada
cual. O sea, expresan pensamientos que no hemos pensado nosotros mismos, sino
que nos vienen ya cocinados y aderezados. Hay mucho de gregarismo en el uso
de los tópicos. Orwelll ya lo expresó:
"Mi
lema es "gritar siempre con los demás". Es el único modo de estar
seguro".
Esa y no
otra es la función primera de los tópicos: acomodarnos al grupo, arroparnos con "lo que se lleva", hacer
uso de la moda verbal en ciernes a fin de llegar a ser de los nuestros.
El tópico,
admitámoslo, es hijo de la pereza intelectual y primo hermano del prejuicio.
(Otro que tal...) A base de usar una y otra vez esos lugares comunes, construimos
nuestra comunicación más impersonal y automática. Decir lo que se acostumbra a
decir en determinadas circunstancias evita el esfuerzo de aprender y
opinar con criterio personal. El clásico "no somos nada" expresado en un funeral nos puede granjear
afecto y nos evita hacer meditaciones más hondas sobre la condición mortal de
los seres humanos. Los tópicos vienen a ser algo así como los dichos congelados
que nos ahorran pensar. Además el uso de los tópicos facilita la comprensión de
los receptores porque también son componentes de su código verbal.
Nuestros
tópicos delatan las creencias dominantes en nuestra sociedad y los prejuicios
colectivos:
"El
vasco, bruto y directo. Al aragonés, tozudo y cabezón. El andaluz, gracioso y
vago. El catalán, agarrado. El madrileño, chulo. El gallego, indeciso..."
Los tópicos han alimentado y alimentan
durante generaciones la imagen que tenemos unos de otros. Por eso triunfó "Ocho apellidos vascos". No
puedo decir lo mismo de "Ocho
apellidos catalanes"...No hay la menor duda de que si se viajara más,
se documentara con más rigor y se conocieran las cosas en directo, la opinión
que nos merecen los demás sería muy otra y mucho menos simple.
Sea como fuere, los tópicos se
detectan lo mismo en la derecha que en la izquierda, igual en los políticos
que entre los demás ciudadanos. Con escasas diferencias los pronuncian jóvenes
y viejos, educados y analfabetos, ricos y pobres... Aparentan ser inofensivos,
facilitan la tarea de opinar sin pensar, pero engañan y son peligrosos.
Si Toni Martín, el inspirador de esta
reflexión, se considera gilipollas por haber dado crédito a las cosas que se
dicen de los catalanes, los demás -y respondo a la pregunta del título- también lo somos. Solo nos diferencia a unos
de otros... el grado.














