
Vista del mar verdeazulado desde lo alto de Sidi Bou Said
Calle principalEn lo alto de un acantilado que domina el Golfo de Túnez, a pocos kilómetros de Cartago, se alza el bello pueblo de Sidi Bou Said. Un lugar que parece haberse desprendido del cielo. Un pueblo en el que reina majestuoso el color AZUL, envuelto por una mágica luminosidad. La vista sobre el mar con su gama verdeazulada le da una placidez llena de armonía. El blanco de las fachadas, el verde de algunas palmeras, jazmines, buganvillas y mimosas que asoman curiosas sobre las tapias de los jardines y el olor dulzón y penetrante que se desprende de las mismas, así como el añil de sus puertas y ventanales con celosías cuajadas de flores completan esta exposición de vivos contrastes cromáticos. Todo este conjunto fascina y seduce por la magia que desprende.
El pueblo, considerado santo por los musulmanes, se ha convertido en un lugar frecuentado por artistas, músicos, poetas y escritores. Es también visita obligada para turistas. Y está considerada como la gran joya árabe-andalusí. El aroma de la empinada calle principal y más aún el de sus aledañas sabe a jazmín, a miel, a menta a canela y a cuero repujado de camello. Alguna chilaba, casquete tunecino y el haik que cubre la cabeza de escasas mujeres mayores nos recuerdan que estamos en un país magrebí, pero mucho más europeizado que los vecinos Argelia y Libia.
La espina dorsal de Sidi Bou Said son sólo dos calles y unos cuantos callejones sin salida. Unas y otros están adoquinados, empinados y resultan tortuosos de caminar por el sol generoso que se cierne sobre nuestros hombros. Las escasas calles, en sus vueltas y revueltas por las esquinas, están limpias y muy cuidadas. Virtudes éstas que no abundan en el conjunto del país tunecino. A ambos lados de la calle principal, docenas de tiendas de todo tipo, bazares y pequeños talleres, donde se puede ver a los artesanos trabajar el grabado y el repujado de platos y objetos de cobre y latón. Las inconfundibles jaulas de todos los tamaños abundan por doquier. Los vendedores llaman la atención de los turistas preguntando por su nacionalidad para utilizar la lengua que les corresponda. Son políglotas avezados en el arte del regateo, práctica habitual en las transacciones comerciales no siempre aceptadas de buen grado por los europeos de piel más sonrosada y blanquecina. Tras confesar a un vendedor nuestra nacionalidad “blaugrana”, acabamos comprando tres reproducciones en miniatura de sus famosas puertas. El regateo ha sido arduo y tras ser tachados de catalanes agarrados llegamos a pensar ingenuamente que hemos hecho una buena compra. Al día siguiente, en una tienda de precio fijo de Hammamet, hallaremos las mismas puertecitas-espejo por la mitad de dinares tunecinos que pagamos en Sidi Bou Said.
El café “El-Alia”, llamado por los colonizadores franceses "Café des Nanttes" (según leo en la Guía) se encuentra en la calle principal y se le reconoce, a falta de cartel, por el acceso en forma de escalera con terracitas exteriores. Está decorado con esteras, predominan los colores verdes y rojos de las columnas y techos. Mesas bajitas alrededor del salón y en el centro una de mayor tamaño con una gran vasija de metal. Nos acomodamos en la terraza todavía desierta y desde donde se tiene una panorámica privilegiada de todo el pueblo y las azoteas encaladas de las casas. La cámara digital echa chispas de tanto trajín... Tomamos el consabido té con piñones y menta. Del interior sale un olor de tabaco aromático de la pipas de agua o “shishas”. Leo en la fuente mencionada que en este café se celebraron tertulias de escritores como Simone de Beauvier, Jean-Paul Sartre, Oscar Wilde, André Gidé, Maupassant, y también de pintores y arquitectos de renombre universal. Detrás del café se vislumbra el minarete enhiesto e inmaculado de la Mezquita y un mausoleo de un personaje que dio nombre a esta localidad.
Las puertas o portones, también pintados de azul, claveteados de negro, al igual que las tres aldabas y cerraduras, con sus diseños geométricos sobre la madera constituyen el santo y seña de esta bella localidad. El azul, color de la buena suerte en el mundo musulmán es la peculiaridad cromática que da identidad propia y singular a este hermoso rincón mediterráneo.
Una pareja de jovnes ¿autóctonos? se levanta presurosa cuando perciben la amenaza de nuestra cámara digitalEn el pasado remoto pudo haber en este enclave un faro ¿púnico?, que acabaría siendo enterrado por la civilización romana para acabar convirtiéndose en una especie de fortín que protegía esta costa africana.
Al finalizar la visita, tras esquivar a vendedores que no llegan a la impertinencia de otros, nos encontramos con compañeros de viaje que han optado por el otro café tan famoso o más que el “El-Alia”. Se trata del “Chaabane”, colgado sobre el acantilado a la salida de la población, que ofrece unas vistas espléndidas sobre la costa de Cartago. Cuando comentamos las mutuas experiencias, parecemos exagerar las virtudes de uno y otro como si de una competición cafetil se tratase...









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