Comienza la clase con el consabido retraso del llamado “cuarto de hora pedagógico”. Se trata de una costumbre institucionalizada desde hace muchísimos años en la Universidad de Barcelona. Supongo que en casi todas. Nada que objetar. La profesora de Literatura Hispanoamericana del siglo XX lleva unos minutos explicando al poeta peruano César Vallejo. Tras unas nociones biográficas, aborda el primer libro de este poeta, editado en una oscura imprenta de Lima en 1918. Se trata del poemario “Los heraldos negros”. Llaman a la puerta y la profesora interrumpe la explicación, desciende de la tarima y la abre. Entra una alumna sin decir nada y se dirige hacia un asiento libre de la última fila del aula recoleta y empinada. Reanuda la explicación: “Con Los heraldos negros, César Vallejo rompe los moldes del reinante modernismo. Los temas de siempre –el amor y la vida, Dios y la muerte, la tierra y la patria- se tratan con gran originalidad, pero con una suerte de tensión en su disparidad, una mezcla de inocencia y sofisticación, de tradición y...” Vuelven a llamar a la puerta. En otras ocasiones suelen abrir los alumnos más próximos de la primera fila, pero hoy la profesora se adelanta. Ahora es un alumno, con mochila a la espalda, que entra sin decir absolutamente nada. Dos alumnas de la segunda fila, becarias Erasmus, rubias, esbeltas y en manga corta a pesar del fresquito dominante, toman apuntes con una mano y devoran con fruición una especie de ensaimada gigantesca con azúcar molido. De vez en cuando una bebe zumo de un frasco de vidrio de no menos de medio litro y la otra apura el agua que le queda de una botella de litro y medio. Las miro con pasmo. La profesora, impertérrita, sigue con su explicación. Ahora se refiere a “Trilce” la segunda y última obra de Vallejo publicada en vida. Casualmente el poema que nos hace leer, tras entregarnos la fotocopia correspondiente, es el XXVIII que comienza así:“He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
mi padre que, en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido.”
El poeta en su soledad experimenta una suerte de orfandad y añora el almuerzo familiar en compañía de su numerosa familia en la modesta casa de Santiago de Chuco. El padre, que se hace esperar, es quien bendice la mesa donde los choclos (mazorcas de maíz) constituyen el alimento habitual. Todo un ritual. Mientras sigue el comentario y la tímida participación de algunos alumnos, las dos becarias de Erasmus ya han finalizado su almuerzo ilustrado. Apuran el último trago. Otras dos alumnas más llamarán a la puerta mediada la clase. Más de lo mismo. La profesora abre, cierra y ellas, sin decir esta boca es mía, se sientan donde pueden. La profesora, a su vez, sigue con César Vallejo...
No me ha sorprendido el retraso de los alumnos. En la Universidad española es habitual. Me ha chocado que estos no hayan tenido la deferencia de excusarse o de saludar brevemente a la profesora que, paciente, les ha abierto la puerta una y otra vez. Qué decir de las que almorzaban felizmente en plena clase... Creo, sinceramente, que soy del siglo pasado y de otra galaxia. Ayer escribía sobre la tolerancia. Todo tiene un límite. La permisividad total, me reitero en ello, es una dejación que se traduce en esta ausencia de maneras...Eso es lo que pienso. Otra explicación es que yo sea un personaje anacrónico en el siglo XXI, extranjero en la galaxia actual y supinamente ajeno a los hábitos y costumbres al uso...


























