miércoles, noviembre 21, 2007

FÁBULAS DE VELÁZQUEZ EN EL MUSEO DEL PRADO AMPLIADO




La Venus del Espejo:

La Venus del Espejo, una de las obras más emblemáticas del artista, ha viajado desde la Tate Gallery de Londres hasta el Museo del Prado para formar parte de la exposición “Fábulas de Velázquez. Mitología e historia sagrada del Siglo de Oro”. Recuerdo que la diapositiva de este lienzo, junto con otras, me salió en un examen de Historia del Arte de los cursos comunes de Filosofía y Letras, hace ya unos cuantos años. Cometí dos errores garrafales: ubicar el lienzo en el Museo del Prado e insinuar que la Venus pudiera ser la duquesa de Alba...Hoy, sin embargo, sí que está en El Prado y no se descarta que la retratada pudiese ser la marquesa de Eliche - esposa del propietario del cuadro- y otros especulan con que puediera tratarse de Olimpia Triunfi, joven romana de la que estuvo perdidamente enamorado Velázquez. Este lienzo junto con“Las hilanderas”, “Las Meninas”, “El Cristo”, “La fragua de Vulcano”, “La rendición de Breda”, etc. y la ampliación y remodelación de esta extraordinaria pinacoteca de El Prado justifican una escapada a la capital...

Está considerada como una de las obras maestras, no sólo del autor, sino de toda la pintura europea del siglo XVII. Velázquez representa a Venus de espaldas y recostada, actitud ésta que ningún otro pintor había usado para representar este tema mitológico. Se trata de una dama joven de fino talle, cadera contenida y delicada espalda. La figura del niño representa a Cupido, hijo de Venus y que simboliza el Amor, que sostiene un espejo a la Diosa Venus, la Belleza. Llama la atención como el Amor (el niño) tiene las manos atadas con una cinta, lo que parece aludir a una metáfora por la que el amor sería preso de la belleza, que desdeñosa sólo se contempla a sí misma, símbolo de vanidad. Es la única obra conservada de Velázquez en la que aparece una mujer desnuda, pero hubo otras, hoy perdidas. El rostro difuminado responde a la intención evidente de no facilitar el reconocimiento del personaje. La elegancia y la belleza que se desprenden de esta obra son indescriptibles. Velázquez pinta un bellísimo y sensual cuerpo en una preciosa postura sobre unas telas, blanca por debajo, y negra por encima, contrastando con el tono blanco-nacarado de la Venus y realzando su belleza. El cortinaje rojo subraya el fuerte erotismo de la escena. Cupido (dios del Amor) sostiene el espejo donde se contempla la Venus y en el que apreciamos su rostro, produciéndose con este ardid una visión casi total de la diosa aunque la miremos de espaldas.

En 1914 una sufragista inglesa le dio siete puñaladas al cuadro, tal vez protestando contra la exhibición del cuerpo femenino. Una curiosidad: en el espejo no deberíamos ver el rostro sino el cuerpo de Venus, es otro recurso barroco para resaltar lo que interesa aunque falsee la realidad. Es posible que el pintor exagerara las proporciones, pero por lo demás la figura es inequívocamente palpable. El realzado sentido de la realidad altera sutil pero definitivamente, mediante un estímulo de la imaginación, la relación que se establece entre el asunto y el espectador. No menos importante es la consonancia entre forma y técnica. Pintada a base de seductores contrastes de textura, la superficie posee una calidad sensorial que realza el atractivo sensual del tema representado. La tersura y tonalidad rosada y cremosa de la piel se hacen resaltar mediante la tela o colcha azul grisácea sobre la que se reclina la diosa, mientras que los tonos más cálidos del fondo sugieren un escenario íntimo y reservado. Velázquez intensifica también el cargado erotismo de la pintura por otros medios: por ejemplo, mostrando en su totalidad la parte posterior de la figura, pero revelando sólo parcialmente, en el espejo, la vista frontal. Sin embargo, evita con habilidad un grado excesivo de inmodestia alterando arbitrariamente la imagen reflejada, pues si hubiera seguido las leyes de la reflexión el espejo habría revelado no el rostro, sino otra zona de la anatomía de la diosa.

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