Cuando nos dirigíamos a Multicines Bosque con cierta prisa, no nos dimos cuenta de que ya no estaba. No era el momento para aclarar tal ausencia. Siempre se hallaba en el amplio chaflán de la remodelada Rambla del Prat en confluencia con la Av. Príncep d´Astúries. Lejos de su hábitat natural, llamaba poderosamente la atención a pesar de su actitud estática, contemplativa y silenciosa. Nunca estaba solo. Su semblante adusto y su indefinida pero supuesta avanzada edad no incomodaba a nadie. Me costó aceptarlo tan lejos de los suyos, pero con el tiempo me fui acostumbrando a su presencia. En algún momento temí por su vida, rodeada de afectos, pero también de hormigón y pavimento urbano.
Siempre que paso por allí me detengo a contemplarlo y no observo que el tiempo estacional ni sus lógicas variantes, inclemencias incluidas, le hagan mella alguna. Es, sin duda alguna, un ejemplo de reciedumbre ante la advesidad. La serenidad estática y el gesto de profunda meditación transmiten calma, sosiego, laxitud... Las amplias y sólidas sillas de diseño enclavadas en su entorno dibujando un círculo irregular se ofrecen generosas a los frecuentes transeúntes que hacemos un alto en el camino y nos sentamos en torno a él, cobijados bajo su sombra protectora. Sobran las palabras, el lenguaje mudo resulta harto elocuente. Él, impertérrito, nos contempla desde arriba sin pestañear y sin gesto alguno que delate su pensamiento. Cuesta, pero al final te acostumbras y confías a este amigo que te invita a las confidencias porque sabe escuchar con generosidad, sin interrupciones, y nunca delata incomodidad alguna por las muchas tonterías que acostumbramos a expresar cuando musitamos soliloquios. Sólo el viento ocasional silba a veces y altera por momentos sus cabellos verdes y uniformes. Las sillas aisladas dificultan la conversación entre vecinos. Por eso impera la paz. El silencio se impone. Unos leen el periódico, otros parecen escribir whatsappes convulsivos con uno y otro pulgar, algún mayor se apoya con sus manos en el bastón, sujetándolo con fuerza para que no bote sobre el suelo con ritmo indeseado y tembloroso. Casi nunca hay niños. Él, tótem anacrónico en el ara del parterre rodeado de cemento inhóspito, vive calmado, oculta su sabiduría, quizás centenaria, y rebosa felicidad discreta y contenida. Nos sigue contemplando y, aunque sin palabras, nos agradece la compañía y la veneración que le profesamos. Sus múltiples, huesudos, enérgicos y retorcidos brazos se extienden sobre nosotros con espíritu de acogida generosa y protectora.
¡Cuántos ratos compartidos! ¡Cuántas confidencias escuchadas sin aspaviento alguno y guardadas para siempre! La última vez que disfruté de su presencia fue la semana pasada. No vi ningún motivo de alarma, sin embargo hoy no se hallaba donde nos tenía acostumbrados. Tras contemplar Julieta, estreno reciente de Almodóvar , hemos ido presurosos a verificar la impresión inicial y, efectivamente, no estaba. En el suelo, el hueco que dejan las ausencias. Todos lo conocíamos. El parterre, desnudo, sin nada en sus entrañas. El olivo, amigo incondicional durante tantos años, ha pasado a mejor vida sin despedirse, sin adioses indeseados, ahorrándonos lágrimas, emociones y lamentos. Discreto, silencioso, sin quejido alguno, como siempre...





















