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viernes, diciembre 14, 2007

DE SAN PETERSBURGO A LAS "MASADICAS ROYAS" (I)

Iglesia de San Salvador Ensangrentado (San Petersburgo)

Capítulo I

“Don Alonso, transformado en Don Quijote, no puede demorar su búsqueda porque el libro de su vida se acerca a la última página y la palabra Fin se vislumbra en su todavía blancor inmaculado. La felicidad, está convencido en su fuero interno, no hay que dejarla al arbitrio de alguna providencia ni tampoco al azar.

El error de Don Quijote es confundir la fantasía y el ensueño con la realidad. A él no le gustó la realidad que le tocó vivir y por eso quiso transformarla a imagen y semejanza de la que le mostraban los libros de caballerías. El fracaso era inevitable. Pero la actitud es, a todas luces, digna de respeto y consideración. Con ella nos quedamos.

Cervantes parece indicar que es fundamental arriesgarse a vivir, a ser persona en el pleno sentido de la palabra, que es necesario atreverse a fracasar. No se trata, por supuesto, de buscar directamente el fracaso, sino de aceptar iluminadamente la realidad y la experiencia del fracaso, ya que la vida, lo queramos o no, se va edificando sobre escombros”.

Irina Volkova tradujo el final de la conferencia con voz musical, pero carente de emoción. Se pueden traducir las palabras, pero no las sensaciones. Algunos de los asistentes parecieron despertar de un cierto letargo mal disimulado. Los aplausos sonaron suaves y arrítmicos. Durante la conferencia pude observar la práctica ausencia de mujeres entre el público asistente. Ahora, calmado, verifiqué la certeza de dicha impresión. Sólo dos mujeres en toda la sala: mi bella y joven traductora, Irina, y Nastia Petrova, secretaria de “La Fundación de Cervantes” de la distinguida Avenida Sampsonievskij de San Petersburgo.

Nastia Petrova se incorporó de su vetusto sillón presidencial de cuero desgastado, dirigió una mirada reverencial al retrato de Nikolai V. Gógol que presidía la Sala de Conferencias, asió el micrófono tensando el cable enredado y pronunció unas palabras con tono enérgico y aire marcial. Irina, más vital ahora, me las tradujo con palabras fluidas. Sólo la narrativa rusa del siglo XIX había recogido la semilla cervantina de dignificar al hombre de edad madura. Citó y leyó unos textos breves de Alexandr Pushkin, Ivan Turgéniev y Fiódor Dostoievsky en los que personajes ya mayores de edad, y carentes de prejuicios, trataban de dar un sentido a sus vidas hasta entonces ordinarias. Igual que Don Alonso Quijano transformado en Don Quijote. Nastia Petrova, dirigiéndose hacia mí, en un castellano aceptable, agradeció mi presencia y la conferencia impartida e invitó al público a intervenir, pero haciendo el ruego expreso de que el tiempo apremiaba y sólo permitiría hasta tres preguntas a condición de que fuesen breves.

Un anciano enjuto, de aspecto un tanto estrafalario, con varias medallas en la pechera de su anticuada americana de amplias solapas levantó la mano blandiendo un gorro de excombatiente de sabe Dios qué guerras. Nastia Petrova le concedió la palabra insistiendo en la brevedad de la intervención. Irina lo acarició con su mirada llena de ternura.

- Yo estuve en la guerra civil española ayudando al bando republicano y me hice amigo de un sargento llamado Alcázar o Alquézar natural de un pueblo que se llamaba... las Masadicas Royas (1). También fui testigo de la batalla de Teruel en 1938

Irina tradujo todo menos el nombre del pueblo y se me quedó mirando con sus hermosos ojos azules o verdes, pero interrogantes y un tanto apesadumbrados. El escollo de la traducción de la expresión Masadicas Royas” le resultaba insalvable. Yo, gratamente sorprendido, le musité al oído que podía estar tranquila porque aquel nombre, mal pronunciado, me resultaba familiar...


Fragmeno de mi relato corto: De San Petersburgo a las Masadicas Royas (2006)


(1) Nombre primitivo de Andorra (Teruel)

lunes, octubre 15, 2007

EL MÍTICO TREN "ESTRELLA ROJA" DE MOSCÚ A SAN PETERSBURGO


De Moscú a San Petersburgo hay 600 km. Nos hacía ilusión, a Carmina y a mí, realizar este trayecto con el mítico tren “Estrella Roja”. Otros compañeros de viaje, sin embargo, optaron por hacerlo de día en trenes más rápidos. ¿Qué prosaicos! La imagen que teníamos del legendario tren respondía a recuerdos de alguna película clásica y narraciones literarias . Nada más lejos de la realidad. El “Estrella Roja” no tiene nada que ver con el “Orient Express” el “Rocky Mountaineer” o el “Cecil Rhodes”. Es más cómodo que el “Transiberiano” que recorre en ocho días los más de 9.000 km. que separan Moscú de Vladivostok. También está el “Transmongoliano”, pero lo bueno de estos es la multitud de paisajes recorridos... Estos comentarios últimos tan mundanos los hace un compañero del mismo compartimento y que está muy rodado en estos temas. Se llama David, es políglota, vive en Hospitalet del Llobregat y le encanta alardear de los múltiples viajes que ha realizado. Añade, con cierta suficiencia, que la Tierra se le está quedando pequeña...El “Estrella Roja” dispone de compartimentos dobles con literas y un desayuno envasado muy completo te espera al entrar, pero no parece muy apetitoso. Lo llamativo son las cortinas y alfombras que le dan al tren una falsa sensación de lujo. Esta primera impresión desaparece al visitar los servicios, realmente penosos.

Teníamos cierta expectación por conocer a nuestros compañeros de compartimento de literas. Pensábamos que quizás coincidiríamos con una pareja de México con la que habíamos confraternizado durante la estancia en Moscú. No fue así. Nuestro vecinos fueron el mencionado joven, experto en viajar por todo el mundo y un gigantesco ruso bien trajeado, supuestamente cosaco, con barba, sin duda, caucasina. Nos saludó con amable frialdad en lengua rusa, subió a su litera y se encerró en un mutismo absoluto. Salimos de Moscú a medianoche, pero todavía con claridad de noche blanca. Algunas dachas a lo lejos apagaban sus tenues luces. La imaginada velada romántica en el “Estrella Roja” acabó convirtiéndose en un concierto indeseado de ronquidos de nuestros compañeros que parecían competir por dejar a las respectivas patrias en lugar decoroso. El cosaco acabó imponiendo su fortaleza, aunque el de Hospitalet no se lo puso fácil...

La sensación que sentimos es que viajábamos a bordo de algún tren nocturno de los que recorrían España durante los años setenta. El compartimento y las maletas dificultaban la entrada y salida. Carmina y yo nos miramos con desencanto y resignación. El traqueteo era ostensible y la incomodidad evidente. El pasillo era tan estrecho que cada pasajero que lo cruzaba te obligaba a arrimarte al máximo so pena de roce indeseado. El vagón restaurante, en el otro extremo, resultaba casi inaccesible. La interminable noche blanca, la monotonía del paisaje uniforme y sin sorpresas y la incomodidad de espacio tan reducido nos hizo arrepentirnos de la decisión tomada. Seguramente que los que optaron por viajar de día estaban mejor informados. La noche y el entorno parecía sumergirnos en la Rusia decimonónica y legendaria, tal y como siempre la imaginé a partir de las novelas leídas sobre todo del siglo XIX. A punto de llegar hicimos una parada en un pueblo feo y muy gris, tal vez algún barrio próximo a San Petersburgo. Era esa hora mágica o inquietante en que la oscuridad, al disolverse, da paso al amanecer. Nuestros compañeros seguían durmiendo a pierna suelta. Qué envidia. Vimos avanzar hacia el tren a unos cuantos viajeros que surgían desdibujados, con movimientos lentísimos, casi irreales, entre la espesa niebla que flotaba sobre la estación. Serían, pensé, obreros camino de su puesto de trabajo. Pero la escena era fantasmagórica y atemporal, y me vinieron al pensamiento imágenes de novelas de Nikolai V. Gógol, Alexandr Pushkin, Ivan Turgéniev, Fiódor Dostoievsky...Por fin, el tren reanudó la marcha. Llegamos hacia las 8 ½ h. y ya nos esperaba la guía con el resto del grupo recién levantados, frescos y animados. Dispuestos a llevar a cabo la visita panorámica por la ciudad imperial de los zares. Nosotros, cansados, ojerosos, tras la noche encantadora en el tren soñado, y sin duchar... Y, según nos dijo David, el corremundos de Hospitalet, el supuesto cosaco no era tal; se trataba de un ucraniano representante comercial de una fábrica de máquinas de coser...Ya no queda romanticismo en el mundo.

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