domingo, diciembre 08, 2019

LENGUAJE CORPORAL: RELEVANCIA



De acuerdo con unos estudios de la Universidad de Stanford:

El 45 % de un mensaje se expresa con el cuerpo.
El 20%, mediante el tono de voz.
El 35 %, a través de las palabras y frases empleadas.

Por eso el teórico canadiense de la comunicación McLuhan acuñó la famosa frase: “El medio es el mensaje”. Esto significa que la manera de transmitir un mensaje es tan importantes o más que el propio mensaje.

Conclusión: el 65 % de la comunicación hablada no tiene nada que ver con las palabras, sino que depende de otros factores como:
  • la voz
  • la respiración
  • la presencia física
  • la gesticulación
  • los movimientos
  • la vestimenta

Me pregunto, ¿tenemos conciencia de esto cuando nos expresamos oralmente?

P.D.: Ya abordé algún aspecto del lenguaje corporal aquí 

https://lperezcerra.blogspot.com/2012/02/cruzas-las-piernas-pues-ojo-al-dato.html


martes, diciembre 03, 2019

TERUEL EXISTE SE HACE OÍR




¿Escucharán?

Teruel Existe es una coordinadora ciudadana fundada en noviembre de 1999 a partir de varias plataformas como En Defensa del Ferrocarril, Pro Helicóptero y Transporte Sanitario o Pro Salud Mental. La plataforma tiene como objetivo demandar un trato justo e igualitario para la provincia de Teruel. En 1999 Teruel todavía no tenía autovías, y en la única línea de ferrocarril (de vía única sin electrificar) el tren había descarrilado 8 veces en un año. Algo se ha avanzado desde entonces...

Siento simpatía por este movimiento y pienso colaborar con él. Ya he mantenido contactos con alguno de sus líderes. El objetivo es crear un Teruel Existe en Barcelona. Sé que la España deshabitada está más que condenada y sentenciada, pero muchos de los que nacimos en ella alzaremos la voz aunque quienes están arriba se hagan los sordos o miren hacia otro lado. Teruel Existe nos ha unido a los turolense al margen de credos e ideologías. Eso no tiene precio...

domingo, diciembre 01, 2019

EL OXÍMORON: HAY QUE ADMINISTRARLO CON CUENTAGOTAS



A los que amamos y disfrutamos con la lectura nos parece que todo está ya más que contado: el amor, los conflictos humanos, los sueños...Sin embargo también observamos que cada autor tiene una forma diferente y personal de tratar tales temas. Los escritores buscan la manera de encontrar un estilo propio a la hora de describir el mundo y de elegir palabras...

Uno de los recursos que suelen utilizarse para dar la apariencia de estrenar palabras es el oxímoron.  Este recurso de nombre un tanto singular ofrece muchas posibilidades en la práctica del discurso narrativo.

Como es bien sabido, el oxímoron consiste en poner en contacto palabras yuxtapuestas de sentido contrario, como por ejemplo:

Música callada (San Juan de la Cruz), hielo abrasador, docta ignorancia, honrado ladrón, copia original, etc.

Suele predominar en poesía, pero también en narrativa y últimamente, observo,hace frecuente acto de presencia en el lenguaje periodístico. Al unirse palabras frontalmente diferentes y muy utilizadas  parecen reencarnarse adquiriendo matices inéditos.

De todos los escritores que conozco, Jorge Luis Borges (El Aleph) es el que más recurre a esta fórmula de expresión. "Una puñalada feliz le ha revelado que es un hombre valiente". "Puñalada feliz" , un término violento, negativo, acompañado por el adjetivo "feliz".  En este caso, el adjetivo no califica al sustantivo "puñalada", sino que sirve para expresar lo que ese hecho provoca en el personaje: su felicidad, ya que le demuestra que es un "hombre valiente". Algunos forofos de este término olvidan que no puede abusarse del mismo y que debe utilizarse con cuentagotas, ya que la profusión del mismo puede provocar un resultado acartonado y amanerado. Es mejor un oxímoron acertado y oportuno que diez. Y el que no tenga experiencia de tropezarse con este recurso, además de leer al mencionado Borges, que se atreva con alguna obra de Lawrence Durrell. Por ejemplo, El cuarteto de Alejandría, Justine... No cito más porque estas son las únicas que he leído. Y ha valido la pena. 

Oxímoros que suelo utilizar: "altibajo", "agridulce", "sí pero no", "realidad virtual" "secreto a voces", "sol de medianoche", "calma tensa", "ir a ningún sitio", "cerveza sin alcohol", (a este término también suelo llamarle, entre amigos, "mariconada", con perdón).  De todos los que recuerdo haber conocido en lecturas varias, "Es hielo abrasador, es fuego helado...es una libertad encarcelada" de Quevedo, se lleva la palma...Te invito a que cites un oxímoron... 

sábado, noviembre 30, 2019

¿CÓMO LEER UNA ENTRADA DE BLOG EN UN MÓVIL?



Cuando el texto del blog aparece sobre fondo azul y es ilegible, hay que abrir los comentarios, ir al final de todo y activar “Ver versión web” (debajo de Página principal) Ya me dirėis...






sábado, noviembre 23, 2019

Insultos: El argumento de los sin argumentos




En un debate que me tocó ejercer de moderador me vi obligado a llamar la atención a una persona del público que insultó a uno de los ponentes. Parte de los asistentes manifestaron su aprobación aplaudiendo la reprimenda. No soporto el insulto. Creo que denigra a quién lo profiere...

Insultar, según el Diccionario, es dirigir a alguien o contra alguien palabras, expresiones o gestos con intención de lastimar u ofender. Hay insultos que parten de una intención premeditada de desprestigio del adversario; otros se producen en momentos de excitación en el calor de una discusión. Insultos de los dos tipos parecen haberse hecho habituales en los debates entre nuestros políticos.

Suele recurrirse a ellos cuando no se puede argumentar de forma convincente. Es una forma rápida de regular nuestras emociones.

Lo bueno de los insultos es que “se entienden. Transmitimos información de forma rápida”. Funcionan de forma comparable a los refranes y otras expresiones compartidas, que hacen más fácil la comunicación aunque sea “a costa de empobrecer el contenido”.

Algunos personajes públicos han asumido como habitual el lenguaje del insulto, la crispación y la demagogia. Pero la agresividad contra el que no comparte las propias ideas no les otorga mayor razón, ni contribuye a un debate socialmente útil.

La utilización del insulto como recurso dialéctico desacredita al que lo utiliza, porque revela que está falto de razones, carece de capacidad para desvelar las contradicciones del adversario y para desconcertarlo con fina ironía. Aunque pueda ser útil ante los oyentes que están incondicionalmente del lado del que profiere los insultos, e incluso los jalea. Ese tipo de debate grueso resulta estéril, y supone una falta de respeto y consideración a la Institución que se representa y a los ciudadanos representados

El filósofo alemán Schopenhauer ya comentó en 1831, en un librito titulado “El arte de tener razón”, su opinión al respecto. Analiza hasta 38 estrategias para lograr tener siempre razón, justa o injustamente, en una discusión, cuando quien discute no combate en pro de la verdad, sino de su tesis. Tras exponer treinta y siete estratagemas muy variadas con tal fin, plantea una última, propia de gente vulgar,  en estos términos:

“Cuando se advierte que el adversario es superior y que uno no conseguirá llevar razón, personalícese, séase ofensivo, grosero. El personalizar consiste en que uno se aparta del objeto de la discusión y ataca de algún modo al contendiente y a su persona…Esta regla goza de gran predicamento porque cualquiera es capaz de ejercerla…”

No soporto los insultos vengan de donde vengan. El que sepa hacerlo, que exponga sus razones con toda la contundencia y crudeza necesarias, pero deje de utilizar el fácil y degradante recurso del insulto personal.

miércoles, noviembre 20, 2019

Aforismo sobre la vejez

No sé si este aforismo expresa una verdad o es una metáfora, pero me gusta...porque si algo no me falta es la curiosidad.

sábado, noviembre 16, 2019

Disminuye el porcentaje de independentistas en Cataluña






Nunca he ocultado mi rechazo a la independencia de Cataluña. Todo lo que suponga fronteras, muros y exaltación de nacionalismos supremacistas me deprime. Aunque he recordado el respeto que se debe a la Constitución del 78, mi principal argumento ha sido el más lógico: los partidarios de la secesión son menos que los unionistas. Si fuesen  mayoría habría que tenerlos más en consideración y modificar la Carta Magna para que fuese legal hacer un referéndum. Por eso recibo con satisfacción el artículo que hoy mismo publica La Vanguardia:

El sí a la independencia cae a niveles previos al 1-O

El CEO indica que el 41,9% de los catalanes quiere la secesión


Óscar Muñoz
La independencia de Catalunya sigue perdiendo apoyo, según el Centre d’Estudis d’Opinió (CEO). El 41,9% de los catalanes es partidario de la creación de un nuevo estado frente al 48,8% que desea seguir dentro de España, según una encuesta del citado organismo sobre el cosmopolitismo y el localismo presentada ayer. El sondeo, elaborado entre el 16 de septiembre y el 7 de octubre –antes de la publicación de la sentencia del procés y de las posteriores protestas y altercados– sitúa el independentismo en los valores más bajos desde junio del 2017, justo antes de la fase más crítica del conflicto catalán, que condujo a la celebración del 1-O y a la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Entonces, el 41,1% avalaba la separación y el 49,4% se oponía.

Respecto al anterior sondeo del CEO –el barómetro del pasado julio– el sí a la independencia retrocede más de dos puntos porcentuales. Entonces la apoyó el 44% de los entrevistados, frente al 48,3% que la rechazó. Así, este octubre la distancia entre ambas posiciones ha crecido hasta casi siete puntos, 6,9 para ser exactos. Mientras que tres meses antes era de 4,3.

En esta ocasión también se ha preguntado a los extranjeros residentes en Catalunya. El resultado se decanta un poco más por el no a la independencia, abrazado por el 49,3%, cinco décimas más que entre los entrevistados de nacionalidad española, y deja los favorables a la separación en un nuevo estado en el 40,3%, 1,6 puntos menos.

De entre los encuestados del primer grupo, que son los que tienen derecho a voto, el 6,1% afirma no tener una opinión formada sobre la cuestión de la independencia, y un 3,2% no ha contestado.

Otra pregunta de este nuevo sondeo del CEO plantea cuál es la relación entre Catalunya y España preferida. El 33,6% responde que sea un estado independiente, el 28%, una comunidad autónoma, y el 21,6%, un estado dentro de una España federal. El 7,8% considera que Catalunya debería ser una región española sin más. En este apartado, la independencia también se sitúa en la parte baja de la serie de encuestas realizadas por este organismo demoscópico. Para hallar un porcentaje similar habría que remontarse a junio del 2012 (34%) y para encontrar uno más bajo, a febrero de ese año (29%).

La encuesta también pregunta sobre el grado de autonomía que tiene Catalunya. Para el 58,8% el nivel es insuficiente, para el 25,1%, suficiente, y para el 6,5%, excesivo.

El sondeo tiene como objetivo determinar el peso del localismo y del cosmopolitismo en la sociedad catalana. Cuenta con preguntas de un amplio espectro temático –desde los idiomas que se conocen, hablan y leen, hasta la opinión sobre la inmigración o si se tienen amistades en países extranjeros– que todavía deben explotarse para dibujar una fotografía más o menos precisa sobre el asunto planteado, un trabajo que el CEO tiene previsto hacer en los próximos meses.

También se pregunta sobre el grado de confianza de las principales instituciones para las que se pide una nota de cero a diez. Las universidades son las mejor valoradas con un 6,94 de media. Le siguen los Mossos d’Esquadra (6,32), las policías locales (6,24) y los ayuntamientos (5,83%). A la cola se sitúan la monarquía (2,44), la banca (2,67), la iglesia católica (2,76) y los partidos políticos (3,21).

El sondeo, que se hizo antes de conocer la sentencia, otorga una escasísima confianza a los partidos políticos

La Vanguardia (16/XI/2019)

jueves, noviembre 14, 2019

Teruel Existe accede al Congreso y al Senado


Entre aplausos y vítores y con una alegría que confirmaba la victoria
, el candidato al Congreso por Teruel Existe, Tomás Guitarte, ha agradecido el voto y la participación a los turolenses de los 236 municipios de la provincia, que le permiten llegar al Congreso, y ha reivindicado que
“por primera vez un movimiento social llega al Parlamento”. La España vaciada ya tiene voz.!Por fin¡


jueves, noviembre 07, 2019

Ramiro García de Dios, juez: "La sentencia del 'procés' es un ¡A por ellos, oé!"



Una amiga, a la que aprecio y respeto, me emplaza - o reta - a que publique este vídeo en el que pueden observarse entresijos del mundo judicial español (Marchena, Grande-Marlaska...) y comentarios sobre la sentencia del "procés".  

domingo, noviembre 03, 2019

NACIONALISMOS RETRÓGRADOS




Hay muchos argumentos en contra de los nacionalismos. Supongo que también los hay a favor. Entre los primeros, quiero hacer referencia sólo a uno: SON RETRÓGRADOS. Plantean una ciudadanía basada en la patria chica, la identidad étnica y la lengua única. Justo lo contrario de lo que procede en el siglo XXI: desnacionalizar lo más posible a las personas, desligarlas del pasado y centrarlas en los deberes y derechos del presente y del futuro. El "nosotros" de los secesionistas es siempre "no a otros". Y marca un regreso al tradicional caciquismo hispano que saboteó a sabiendas las promesas liberales y sociales de la democracia española en el siglo XIX y comienzos del XX.

martes, octubre 29, 2019

CATALUÑA: "Geniecillos pedantescos"





El Viernes Santo de 1910 cayó el 25 de marzo y Pío Baroja impartió una conferencia en la Casa del Pueblo del Partido Radical en Barcelona. Entre otras cosas dijo:

“Cataluña es, hoy por hoy, un pueblo grande, un pueblo culto, que no ha encontrado los directores espirituales que necesita… porque una nube de ambiciosos y petulantes, más petulantes y ambiciosos que los que padecemos en Madrid, han venido a encaramarse sobre el tablado de la política y de la literatura y a pretender dirigir el país”. Esos “geniecillos pedantescos”, concluía, “son los que necesitan cerrar la puerta de su región y de su ciudad a los forasteros; son los que necesitan un pequeño escalafón cerrado, en donde se ascienda pronto y no haya miedo a los intrusos".
Fuente: ABC Cataluña (4/8/2019)

lunes, octubre 21, 2019

Le Soir: "El nacionalismo catalán ha empañado injustamente la imagen y la reputación de España"




Imagen de la portada del diario belga 'Le Soir', cuyo titular reza: "Carles Puigdemont, la pesadilla del gobierno belga".

El pluralismo en las fuentes de información puede contribuir a tener una visión más ponderada de las cosas. Reproduzco un artículo del diario Le Soir belga sobre la Cataluña de nuestros días:

“El nacionalismo catalán ha empañado injustamente la imagen y la reputación de España. Que sigue siendo una democracia abierta e inclusiva, obligada a defenderse de los excesos y mentiras de los líderes independentistas.

Una de las experiencias más amargas para el ciudadano español en los últimos años ha sido ver cómo la reputación democrática de España fue desafiada durante la crisis causada por el nacionalismo catalán en octubre de 2017. Una crisis que es el más inútil de Occidente, y cuyos únicos culpables son algunas élites tribales frívolas y vanas que han fingido creer, como desafortunadamente es común en estos tiempos de dialéctica populista, que su voluntad era la Ley. Creían que podían actuar no solo fuera de toda la ciudadanía española, sino también ignorando a la mitad de los ciudadanos catalanes que no comparten sus planes de separarse de España.

Recordemos, en beneficio del lector belga, ciertos hechos que son necesarios para formar una opinión sin ideas preconcebidas. La Constitución de 1978 convirtió a España en un estado de derecho social y democrático. Esta Constitución fue aprobada en referéndum por un 90,5% de los catalanes en edad de votar que votaron (con una participación del 68%, ligeramente por encima de la media española). Dos de los siete juristas que redactaron esta Constitución eran catalanes. Cataluña ha votado en 50 elecciones diferentes desde 1975. Ha enviado más diputados al Parlamento español que la región de Madrid. Ha habido más de 70 ministros catalanes desde 1918. En este momento, los dos presidentes de las dos cámaras parlamentarias en España, el Congreso de los Diputados y el Senado, son catalanes.

La Constitución ha dibujado un estado descentralizado, con amplia autonomía para estas "regiones y nacionalidades históricas". Como resultado, Cataluña disfruta de un alto grado de autonomía política en áreas como la salud y la educación. Con el País Vasco, es la única comunidad autónoma que tiene su propia fuerza policial. Todos los gobiernos españoles, tanto de derecha como de izquierda, han ampliado, a través del diálogo con los partidos catalanes, el grado de autogobierno dentro del marco constitucional. Gracias a todo esto, Cataluña es hoy una de las regiones más prósperas de Europa. Dos ejemplos: el estado español apoyó y financió la apuesta exitosa para celebrar los Juegos Olímpicos en Barcelona; y Cataluña es ahora la única comunidad autónoma que ve a sus cuatro capitales provinciales formar parte de la red ferroviaria de alta velocidad.


A lo largo de su historia, ha prevalecido un sentido de doble identidad en Cataluña: una identidad catalana y española a la vez. El nacionalismo catalán siempre ha tratado de reducir los lazos de pertenencia a España a través de sofocantes campañas de manipulación, también utilizando la intimidación. En los últimos tiempos, las dos quejas falsas más citadas son el supuesto maltrato del idioma y la economía catalana. Ninguno de los cargos está confirmado por los hechos. España es uno de los países signatarios de la Carta Europea de las Lenguas Regionales y Minoritarias; La Constitución defiende y protege la lengua catalana. Nunca ha habido tantos catalanes como hoy. Por el momento, en la escuela pública de Cataluña, el catalán es la única lengua de escolarización. En lo que respecta a la economía, no es cierto que Cataluña esté haciendo una contribución anormal al sistema fiscal español o que sufra un déficit de infraestructura. A pesar de esto, la independencia catalana no ha dudado en utilizar lemas demagógicos en su campaña, como "España nos roba" o "España subsidiada vive gracias a la Cataluña productiva". Llegaron a mostrar carteles con niños harapientos, supuestamente procedentes del sur de España, diciendo que viven de los impuestos de la clase media en Cataluña.

La historia de Cataluña en España es la historia de un éxito que comienza a salir mal cuando, bajo el liderazgo de Carles Puigdemont, desata una carrera ilegal hacia la independencia contra más de la mitad de la sociedad. Esta ruptura se consumió los días 6 y 7 de septiembre de 2017 cuando, en una sesión que solo puede describirse como un golpe parlamentario, el independentismo, sin tener la mayoría necesaria de dos tercios, derogó su propio Estatuto de Autonomía y aprueba, a pesar de la Constitución, las leyes de la nueva República. Lo siguiente es conocido por todos. El Tribunal Constitucional español ha suspendido estas leyes. La razón de principio es simple: la soberanía pertenece a todo el pueblo español. Nadie posee solo una parte del país, y nadie puede fragmentar el bien común para eliminar algo de eso. A pesar de eso, el gobierno catalán continuó su carrera, organizando, contra el mandato judicial, el simulacro de referéndum del 1 de octubre. Ante la inacción de la Generalitat para evitar su detención, la policía española se vio obligada a actuar bajo el mandato de un juez, no del gobierno, en circunstancias muy difíciles, para garantizar el cumplimiento de la ley. Fue un día muy difícil. Pero terminó con solo tres personas en el hospital. La cifra de casi 900 heridos que se ha mencionado es un producto puro de la propaganda de la Generalitat. Muchas imágenes que circulan en este día son falsas.


La decisión judicial que se anunció recientemente es el resultado de estos eventos. En su intento de ganar simpatía por su causa, el nacionalismo catalán otorga a los convictos la condición de presos políticos. Es falso. Ningún político ha sido juzgado por sus ideas. Todos los días, los líderes independentistas se expresan libremente en los medios. Incluso el presidente Torra, el sucesor de Puigdemont, es autor de docenas de artículos xenófobos contra los españoles. Por otro lado, la condena judicial se debe a la perpetración de delitos que están codificados en la legislación española y que existen, bajo el mismo nombre u otros, en la legislación de las democracias más grandes. Ninguna organización de derechos humanos (como Amnistía Internacional o Human Rights Watch) considera a estas personas como presos políticos o presos de conciencia.

Una democracia que teme aplicar su Código Penal no podría sobrevivir. España es una democracia equipada con los instrumentos apropiados, legales y de garantía de derechos, para garantizar el respeto de la ley, favorecer el diálogo en la legalidad, superar esta crisis y seguir siendo, para Europa y para el mundo, un ejemplo de una sociedad abierta e inclusiva, una sociedad unida en su diversidad".

miércoles, octubre 16, 2019

TV3, QUIÉN TE HA VISTO Y QUIÉN TE VE...


“No podemos engañar a los ciudadanos dándoles propaganda en lugar de información”

Esta frase es del Sindicato de Periodistas de Cataluña en TV3 que por fin ha reconocido en voz alta lo que todo el mundo piensa en voz baja: que la televisión pública catalana hace ya mucho tiempo que ha abandonado la imparcialidad que debería caracterizarla como medio público para convertirse en mero instrumento de propaganda del independentismo y de Artur Mas. 

Los que cuestionen esta idea pueden verificarla personalmente. Sólo tienen que conectar los telenoticias de dicho canal y algún debate sobre Cataluña y su situación actual. Cataluña Radio, más de lo mismo. 

TV3 ha sido una de las mejores televisiones autonómicas durante bastantes años. Eso ya es  historia. De un tiempo a esta parte destaca por adoctrinar a la audiencia promocionando el independentismo y a sus adláteres e informando de forma parcial y tendenciosa. 

lunes, octubre 14, 2019

Saldremos adelante


Reproduzco la columna de Joaquín Luna en La Vanguardia de hoy. Siento gran sintonía con lo que acostumbra a manifestar este periodista al que he tenido el gusto de conocer personalmente


Saldremos adelante



JOAQUÍN LUNA


Las sentencias del Tribunal Supremo cierran siete años convulsos en Catalunya y abren una era. Saldremos adelante porque ni los independentistas son idiotas ni los favorables a la continuidad de Catalunya en España y la UE queremos a nadie arrodillado. Juraría que todos queremos otra cosa y no prolongar los años perdidos mientras la vida pasa –veloz– fuera.

Yo creo que España y Catalunya van a sacar lo mejor de sí mismas porque lo peor ya lo han mostrado en estos años baldíos: nadie ha ganado nada. No sé lo que hará el independentismo estos días de protestas, sólo espero que, por favor, no vuelva a olvidar la realidad de esta tierra –que no se mide en sus encuestas sino en las continuadas elecciones–. Los catalanes que nos sentimos españoles somos parte esencial de la solución. No encaren el futuro como si no existiéramos. Somos catalanes, españoles y demócratas.

España es un gran país. Unos de los menos xenófobos y más descentralizados de Europa, con gente que sabe vivir y convivir, que ha practicado la solidaridad sin la cual no se habría conservado la paz social durante la última crisis y que quiere dejar atrás esta matraca sin humillar, pero con rectificaciones. A las buenas, todo es posible en España.

¿Tan mal vivíamos en el 2012 para haber hecho este viaje a ninguna parte? El independentismo tiene que aceptar la realidad: carece de fuerza para romper Catalunya y España. Ha quedado claro estos años de fiebre patriótica: muchas han ­sido las llamadas a la revolución y pocos los revolucionarios. Vivimos demasiado bien y tampoco hemos perdido la educación.

España es tan razonable como cualquier otro gran país democrático. “Hablando se entiende la gente” es uno de sus dichos más arraigados. El independentismo insiste en su apuesta por el diálogo, pero lo hace anteponiendo todo aquello que precisamente torpedea el diálogo. Y ha comprobado ya algo que ignoraba –en fin, no es día de reproches–: al choque de trenes, España es muy fuerte. Y, cosas del carácter y siglos de Estado, nunca cederá si se la desafía a todo o nada.

Pronto habrá actores en Madrid distintos a los de estos siete años nefastos. Ojalá el independentismo presente una única voz y sea tan razonable como la que se perfila en Madrid. Saldremos adelante, como salimos con dignidad y concordia del franquismo, digan lo que digan hoy los revisionistas.

jueves, octubre 03, 2019

¿QUÉ FUE DE LOS INTELECTUALES.?






Igual que manifiesta Enzo Traverso en su libro ¿Qué fue de los intelectuales? nos hacemos la misma pregunta los que en su día disfrutamos y aprendimos de sus pensamientos públicos. Traverso demuestra que el pensamiento disidente no ha desaparecido del todo, y que tiene potencial para reinventarse en un contexto nuevo, construyendo articulaciones con los movimientos sociales, hoy huérfanos de proyecto, y con los gérmenes de nuevas utopías. 

Traverso nos brinda el alegato a favor de un pensamiento crítico renovado y parte de una definición: un intelectual es aquel que propone un pensamiento disonante en relación con su época, que asume un compromiso político y  cuestiona la legitimidad del estado de las cosas. 

Quedan algunos meramente testimoniales, pero la penosa realidad del siglo XXI es que estamos bastante huérfanos de estas personalidades que nos iluminaban con sus conocimientos y sembraban en nuestras mentes sensibilidad por los asuntos sociales y espíritu crítico y de compromiso. 

martes, octubre 01, 2019

1 de Octubre de 2019

La Sagrada Familia sugiere unión, belleza y altura de miras

Algunos medios auguran movimientos conflictivos en Cataluña para la fecha de hoy. No hay que descartar acciones de grupos independentistas radicales. Ya lo han anunciado... En determinados círculos, quiero pensar que minoritarios, se respira un ambiente enrarecido y no exento de temores. Personalmente voy a vivir esta jornada tal y como tenía previsto: aquaying en el gimnasio por la mañana, reunión de voluntariado en la escuela con la que colaboro a las 16 h. y asistencia a la Junta de Gobierno del Centro Aragonés a las 19 h. Casi me atrevería a aventurar que la jornada va a ser más anodina de lo que se anuncia. La sociedad, en general, sean sus componentes de unas u otras ideologías, no quiere conflictos ni enfrentamientos. Adjunto a continuación un artículo interesante y reflexivo de La Vanguardia de hoy 

Segunda memoria del 1 de octubre

Jordi Amat 

En junio del 2018 el Ayuntamiento de Seva modificó su calendario. Los concejales del Consistorio decidieron que el día de hoy fuera fiesta local a partir del 2019. La decisión, tomada por unanimidad, se justificó como un reconocimiento a quien había hecho posible el referéndum. El 1 de octubre, según la descripción del alcalde, fue “un día en que la dignidad del pueblo hizo frente a todos los obstáculos para defender la democracia y nuestros derechos civiles y políticos”. Es la versión mains­tream del independentismo, que mezcla emociones con palabras mayores. Hoy este pueblo de Osona hace fiesta. A las ocho de la noche se celebrará la “Conmemoración 1 de octubre” en la rotonda del 1 d’Octubre. No es la única. Hay también en Teià, Castellbisbal o L’Espluga de Francolí.
Actos como el de Seva se celebrarán por todas partes. En Olot se hará una marcha de antorchas y entidades independentistas organizan una cena en el Estartit. A las 20.30 h, en Garrigàs, se iniciará la performance La fuerza de un pueblo. Tal como se hizo el año pasado, cuando el centro sociocultural había pasado a llamarse 1 d’Octubre, se representará una obra de teatro por las calles titulada El ball de les urnes, una recreación, entre épica y paródica, de los hechos de hace dos años. La ANC también hará su particular vía crucis en Barcelona: la manifestación que acabará delante del instituto Balmes, donde la gente gritaba “democracia” mientras la policía entraba para retirar las urnas. La Assemblea es quien más actos organiza por el aniversario.
Entre la agenda de hoy y la del año pasado, sin embargo, se pueden constatar cambios. No sólo se celebrarán menos. Este año casi ninguno lo organizará un consistorio. Nada que ver con el 2018, cuando muchas administraciones hicieron un uso intensivo de una memoria determinada con intencionalidad política. La apuesta por consolidar un lugar de memoria se había plasmado sobre todo en intervenciones en el nomenclátor. Aquel día plazas, calles y rotondas fueron bautizadas o cambiaron de nombre, siguiendo con la apuesta disruptiva que el Ayuntamiento de Girona había impulsado cuando votó para que la plaza de la Constitució, precisamente esta, pasara a llamarse plaza del 1 d’Octubre.
Quizá el ejemplo más relevante del cambio sea el del Ayuntamiento de Barcelona. El año pasado la tenencia de alcaldía de Jaume Asens organizó exposiciones y mesas redondas en la Modelo. En la agenda que se puede consultar en la web de la Casa Gran, en cambio, no consta que haya nada previsto para hoy. En el Parlament habrá sesiones ordinarias de varias ponencias. Aquí el dato más relevante será si aumentarán las medidas de seguridad. La conmemoración del año pasado acabó con el intento de asalto del Palau en el parque de la Ciutadella. El presidente Quim Torra, que aquella mañana en Sant Julià de Ramis había animado los CDR a “apretar”, fue abucheado por los manifestantes por la noche, y los Mossos d’Esquadra tuvieron que cargar contra ellos durante unos minutos de mucha confusión. Confusión y ambigüedad. El 1 de octubre es el clímax del proceso, pero es como una rotonda sin salida.
La memoria de aquel día, interesada como lo son todas, es confusa y ambigua porque es como un espejo roto. En sus fragmentos una sociedad desgastada por la tensión y la irresponsabilidad política no se reconoce completa: es una memoria que refuerza una comunidad nacional, complacida en el recuerdo, pero al mismo tiempo es divisiva, porque polariza el conjunto. Por su éxito y por su fracaso atenaza la vida política catalana y la deja en suspensión, esperando las sentencias de los procesos penales abiertos. Es una memoria que atrapa como un relato circular. Posibilita interpretaciones infinitas y todavía no sabemos descifrar qué pasó.
Para que fuera políticamente rentable, aunque los miembros del gobierno sabían que no podrían implementar la ley del Referéndum, se continuó hasta el final con una escenificación que tapaba la competición interna entre los dos partidos de gobierno. Dicho de otra manera, para forzar una negociación con el poder central que la sentencia del Estatut había cortocircuitado, el Govern optó para mentir a su ciudadanía diciendo que la independencia prometida estaba a tocar. La CUP ya habla de “autoengaño” y de aquí vienen tantas confusiones y ambigüedades. Engañar a los tuyos para engañar a los otros, diciendo que tenías un póquer cuando ibas de farol. Este fue el doble engaño del 1 de octubre. Sobre la mesa de juego los políticos apostaron su futuro, el autogobierno y los consensos sobre los cuales se funda la convivencia. Fue una apuesta unilateral, arriesgadísima. Y aquellos dirigentes, ellos más que nadie, perdieron.
Fue una derrota extraña. El 1 de octubre fue una escenificación, pero no sólo. Para buena parte de la ciudadanía, también para los que se quedaron en casa honestamente desamparados, fue una experiencia auténticamente transformadora. Miles de personas se encontraron en una situación en la que no se habían imaginado nunca. Si desde el 2012 la mesocracia catalanista se había habituado a participar en manifestaciones cada Onze de Setembre, durante las semanas previas al referéndum y sobre todo aquel día experimentaron un cambio en su compromiso con el movimiento independentista. En los colegios se encontraron ante las fuerzas de orden y, codo con codo, hicieron fracasar el tronado operativo que tenía que impedir la votación. Y con este gesto de resistencia, mientras recibían los golpes o las imágenes de los golpes rebotaban en sus móviles, se descubrieron hermanados en un acto de desobediencia civil masiva.
Aquel capital político, que adquirió una dimensión insurreccional cuando la desobediencia civil confluyó con la institucional, no era sólo un farol. Lo era y era otra cosa. La magnitud de la desobediencia fue tal que durante horas de caos consiguió: 1) poner en cuestión la idea de nación española ortodoxa, y 2) imponer una atmósfera prerrevolucionaria que en el corazón del Estado creó un vacío de poder. Los dirigentes independentistas, cautivos de una deriva iliberal, quedaron engullidos y el ejecutivo de Mariano Rajoy, en shock por la magnitud de una desobediencia duplicada por la catástrofe de
su operativo policial, quedó desbordado. El caos institucional, constatado de facto por el discurso del Rey, generó una oleada
nacionalista española. La reacción se puso en marcha. El vacío lo ocupó primero el alineamiento del poder legislativo. Después
lo sepultó la querella del fiscal general, con la anuencia soterrada de altas instancias del poder judicial. Y bajo aquella losa seguimos, sin que la política nos pueda hacer salir de una rotonda convertida en bucle de memorias contrapuestas.




viernes, septiembre 27, 2019

EL PROCESO INDEPENDENTISTA EN CATALUÑA




He finalizado la lectura de este libro, al que ya hice referencia en otra entrada. Conozco personalmente al autor, Jordi Canal Morell, y me merece todo el respeto y consideración como persona y como historiador. Ha valido la pena y lo recomiendo a los interesados en profundizar en el tema que nos tiene divididos a los catalanes  y ¿sorprendidos? a los demás: el Procés.


Reproduzco textualmente la reseña de Rafael Núñez Florencio que hace del mismo. Extensa, pero muy ilustrativa.


"El proceso resulta aparentemente incomprensible y una inagotable fuente de sorpresas e incredulidad. […] A pesar de estar viviendo en un Estado de derecho, en paz y con todas las leyes en vigor, el proceso se desencadena fatalmente». ¿Estamos hablando de Cataluña y el proceso catalán? ¡No, por favor, no sean suspicaces! Jordi Canal está haciendo una breve glosa de una de las obras maestras de Franz Kafka titulada como ustedes saben ‒¡también es coincidencia!‒ El proceso. Escrita entre agosto de 1914 y enero de 1915, en un mundo que literalmente se desmoronaba –los inicios de la Gran Guerra‒, permaneció inédita hasta la muerte del autor, siendo publicada póstumamente en 1925. Todos hemos sufrido y sentido la angustia de Josef K, no tanto por lo que le pasa como por no entender cabalmente todo aquello que está pasándole. Tanto es así que la dimensión trágica de la obra queda relegada a un segundo plano por la incomprensión y la incredulidad y se convierte en un fresco tragicómico. Llega un momento en el que no podemos reprimir una risa nerviosa. Según indican algunas fuentes, las personas que asistieron a una primera lectura del texto por parte del autor se rieron bastante. No me extraña. Hasta a los acontecimientos más siniestros les exigimos una cierta lógica. Y si no, no podemos evitar reírnos.


«Los viejos consensos y puentes han sido dinamitados, y el mundo real y las verdades han desaparecido para dejar paso a otro mundo virtual y soñado y a las posverdades. Las palabras –votar, decidir, democracia‒ ya no significan lo mismo que antes. Lo racional ha perdido definitivamente la batalla frente a las emociones». ¿Seguimos hablando de Kafka o hemos recalado casi imperceptiblemente en Orwell? Ni una cosa ni otra. Estamos hablando, ahora sí, de Cataluña en el año 2016, 2017 y 2018. Un lugar de la Europa más desarrollada, una comunidad en la que rige plenamente (¿todavía?) el Estado de derecho, donde reinaba la paz y el imperio de la ley, con las más amplias libertades ciudadanas y una prosperidad envidiable hasta para los estándares occidentales. En las páginas iniciales de su obra, Jordi Canal juega con esa analogía, procés/proceso kafkiano, que desemboca en la paradoja o contraposición: conflicto visceral/orden racional. En el fondo, lo que late en esas correspondencias es una profunda inquietud –por más que vivamos en un mundo de orden, «nunca podemos saber lo que ocurrirá mañana»‒, ya convertida desgraciadamente en constatación: «Ahora sabemos que cosas que nunca creíamos que pasarían, pasan».


Hablar de Cataluña hoy día es, naturalmente, hablar del procés, un tema sobre el que ya se ha dicho casi todo, sin que la inflación de discursos, artículos, análisis y libros haya contribuido aparentemente –por lo menos, a las alturas en que escribo‒ a una canalización racional del enfrentamiento ni, por supuesto, a un acercamiento de posturas que permita dar una salida civilizada a la colisión en forma de pactos o acuerdos mínimos. Más bien sucede todo lo contrario: un enconamiento de las posiciones que hace completamente inútiles los argumentos racionales porque las posiciones están decididas de antemano. Cualquier actor en esta farsa está ya señalado antes incluso de abrir la boca o escribir una palabra. Mientras no se logre romper este círculo vicioso –y no se atisba hoy por hoy esa ruptura‒, la solución pacífica será poco menos que quimérica. Ello nos aboca a otro escenario que, en principio, nadie quiere contemplar, pero que la fuerza de los hechos puede convertir en inexorable, como ha pasado tantas veces en la historia. No ayuda en nada ejercer de agorero o ponerse catastrofista, pero no podemos cerrar los ojos. Dice Canal: «En estos momentos no conocemos, lógicamente, el desenlace. No obstante, acabe como acabe, si pensamos en los efectos que ha tenido y tendrá todavía sobre la sociedad catalana y la española en general, podemos afirmar ya, sin tapujos, que el proceso terminará mal. Muy mal» (p. 23).


Para Canal, la principal falacia interpretativa del nacionalismo catalán es su «obsesión» por leer el pasado «siempre en una clave absolutamente presentista»


Jordi Canal ‒un historiador de larga trayectoria, sobradamente conocido por sus estudios sobre el carlismo y el nacionalismo catalán‒ se ha planteado aquí no tanto una historia académica o aséptica como un ensayo interpretativo potenciado por la fuerza de su experiencia personal, es decir, su condición de espectador privilegiado de los acontecimientos. Asume por ello con naturalidad la irrupción del yo en un análisis que no por ello renuncia a la mirada objetiva: «No pienso […] que el uso de la primera persona y la presencia del yo en el relato supongan una merma de la objetividad» (p. 26). Su ensayo no aporta apenas novedades de enfoque o contenido ‒¿quién podría ser original a estas alturas sobre este tema?‒ pero, a cambio, construye un análisis tan completo, ordenado, claro y preciso de lo ya sabido que el resultado es uno de los mejores volúmenes que se ha publicado en los últimos meses sobre el nacionalismo catalán (no sólo el procés). Ha estructurado el libro en tres grandes bloques: el primero, «Tiempos de nacionalismo», trata de los orígenes y desarrollo del catalanismo a lo largo del siglo XX. Es el más histórico de todos en el sentido convencional. El segundo, «Anatomía del procés» disecciona los acontecimientos recientes, ya en el pospujolismo, cuando sus sucesores en el gobierno de la Generalitat abren la «caja de Pandora». El tercero, «Historias, símbolos y colores de la patria», se detiene en el relato nacionalista del pasado y en la construcción cultural de la catalanidad. Esto es, los grandes símbolos que la definen, desde la bandera a la Diada, pasando por canciones, fiestas, danzas, celebraciones e himnos. Cinco breves notas componen el epílogo. El lector puede colegir de esa sucinta exposición que Canal toca tantos asuntos que una mera relación de ellos haría interminable este artículo. Me limitaré, pues, a señalar aquellas cuestiones que, por un motivo u otro, me parecen más significativas para reflejar el contenido del libro.


Para Canal, la principal falacia interpretativa del nacionalismo catalán es su «obsesión» –cito textualmente‒ por leer el pasado «siempre en una clave absolutamente presentista». El historiador no puede por menos de decir «¡Protesto!» «La Generalitat de Cataluña de 2017 o de 2018 nada tiene que ver, excepto el nombre, con la institución homónima anterior a 1714. Es hija o nieta, esencialmente, de la de 1931» (pp. 34-35). Segunda gran estafa: el nacionalismo catalán presenta a Cataluña como nación y a España sólo como Estado, regateándole su condición nacional. Como ya se sabe cuál es la concepción del mundo de un nacionalista, la anterior contraposición permite distinguir «lo natural» (nación catalana) frente a la artificialidad impuesta (Estado español). Tercera tergiversación de la historia: en contra de la reinterpretación histórica actual, el catalanismo fue durante buena parte de la época contemporánea, como movimiento cultural y a veces hasta como movimiento político, absolutamente compatible con España (con la inserción de Cataluña en el conjunto español). Complementariamente, «el nacionalismo español tuvo en Cataluña, en la primera mitad del siglo XIX, una de sus principales bases» (p. 58). Recuerda, por último, Canal, en línea con los historiadores y estudiosos del nacionalismo, que todo «nacionalismo es una construcción, y la nación, una construcción de los nacionalistas». En contra de lo que pretenden ahora los nacionalistas, antes del siglo XX no existía «ninguna nación llamada Cataluña». Hubo que construirla. Y el «proceso de nacionalización se hizo contra la nación española» (pp. 63-64).


Esa fue la gran tarea de Jordi Pujol y del pujolismo (Canal tiene el pudor de no insistir en la otra actividad paralela del president, el saqueo de las arcas públicas para su beneficio familiar y el partido). Se trataba, por decirlo en términos caros a Pujol y que, por su difusión y éxito, retratan toda una forma de ejercer la política, de «fer país». En esa tarea, los aspectos educacionales y culturales devienen en prioritarios. Pero el control de la enseñanza y el férreo dominio de todos los medios de comunicación no habrían cosechado tanto éxito de no haber mediado la instauración y difusión de una neolengua absolutamente eficaz para los anhelos nacionalistas. El concepto de «normalización» es aquí fundamental. La imposición del catalán y el desplazamiento del castellano se ejecutaban con puño de hierro en guante de seda, en «beneficio de todos», por impulsos democráticos, para integrar y no segregar, etc. Canal reconoce que la izquierda teóricamente no nacionalista colaboró activamente, hasta el punto de que terminó haciendo suyo el empeño con celo digno de mejor causa. Mientras, la derecha callaba de forma vergonzante, temerosa de que toda defensa del castellano pudiera ser tachada de franquista, facha o fascista. Canal no sólo reconoce el éxito de la política pujolista, sino que con un fair play que respeto pero que no suscribo, eleva al patriarca a la condición de estadista (el único, junto con Tarradellas, dice, que ha dado la autonomía catalana).


Desde Carlton J. H. Hayes, se ha dicho muchas veces que el nacionalismo es una religión. Canal menciona y cita a Hayes no sólo para caracterizar el nacionalismo, sino para sacar las consecuencias pertinentes: el nacionalismo, como toda religión, es social, necesita ritos públicos y aspira y promete la salvación de la comunidad elegida. Como buena parte de los movimientos religiosos, es sumamente sectario, absolutamente intolerante con otras creencias y con toda crítica que cuestione sus objetivos y métodos. Desde el punto de vista individual o psicológico, el nacionalismo no atañe sólo a la voluntad, sino que implica al intelecto, la imaginación y las emociones. En términos más concretos, el procés supone para mucha gente un modo de vida y, sobre todo, algo que da sentido a sus vidas. Por eso, tanto a escala individual como colectiva, son imprescindibles «inmensas performances, imponentes actos litúrgicos o procesiones monstruo y desbordantes». La crisis del comienzo del milenio, con «una inusual coincidencia de elementos» (políticos, económicos, sociales y culturales) perfilará «el escenario de fondo del proceso independentista»: la tormenta perfecta. No me detendré en los nombres propios y avatares concretos, suficientemente conocidos y que, en cualquier caso, forman parte básicamente de la crónica periodística. Sí destacaré, en cambio, algunos elementos del análisis de fondo del movimiento independentista.


La profunda nacionalización a la que ha sido sometida la sociedad catalana en diversas etapas desde 1980 (¡casi cuatro décadas: como el período franquista!) ha dado como su resultado más tangible que el independentismo, minoritario en el catalanismo a lo largo de todo el siglo XX, se haya convertido en hegemónico. Dice Canal que «por encima de todo, me parece fundamental tener en cuenta que los jóvenes catalanes […] han sido educados en la escuela autonomista». Suele entenderse mal este análisis y propicia que siempre salga alguien subrayando los límites del adoctrinamiento, como nos pasó a quienes sufrimos en tiempos de la dictadura la Formación del Espíritu Nacional, que tan escasamente caló en nuestras conciencias, si es que no produjo un efecto opuesto. Canal subraya que no está hablando «exactamente de adoctrinamiento, aunque algo haya de ello, sino de integración activa en un universo hipernacionalizado que se cuela en los libros de texto, en las actividades lectivas y en los juegos». Se conforma un nacionalismo cotidiano, alimentado con elementos tan triviales como efectivos: «pancartas, carteles, lazos, pintadas o trabajos manuales», todo un universo machaconamente nacionalista y nacionalizador fuera del cual no hay vida posible.


A todo ello hay que añadir el papel que desempeñan los medios de comunicación, asunto sobre el que no me voy a extender por ser suficientemente conocido. La degradación –no sólo política, sino incluso moral, con el enaltecimiento del terrorismo‒ de TV3 y Catalunya Ràdio, por citar referencias incuestionables, no ha constituido hasta el momento razón suficiente para que se les llame, como mínimo, al respeto del orden constitucional, ya que no a la pluralidad de informaciones y contenidos. La vida cotidiana de cientos de miles de catalanes transcurre en un espacio en el que el nacionalismo es tan «natural» como el aire que se respira. «Uno de los grandes éxitos» de este proceso, enfatiza Canal, es «la aceptación como evidentes, por parte de numerosos catalanes, de cosas que distan mucho de serlo». Análisis, argumentos o simples creencias convertidas en eslóganes dogmáticos: el famoso «España nos roba», pero también «la culpa es de Madrid», «Cataluña es más moderna», «España no nos quiere», «derecho a decidir», «democracia es votar» y muchas otras del mismo estilo (p. 222). Las redes sociales han posibilitado un campo amplísimo para señalar al discrepante de esas verdades establecidas: desde la descalificación a la denuncia, pasando, naturalmente, por el insulto y la intimidación.


Cuando Canal escribe su análisis (finales de 2017 y comienzos del presente año), aún puede decir que «la famosa no violencia del proceso catalán es cierta solamente a medias». Detecta «poca violencia física, pero muchísima simbólica o moral». Denuncia que las ocupaciones de los espacios públicos no han sido precisamente amables, que existen vetos y listas negras, que los piquetes no se andan con remilgos. Como resultado de esas presiones se ha instalado el miedo en una parte de la sociedad catalana (adivinen cuál). Para una parte importante de la población, es vital no significarse para no perder el trabajo, o para que sus vecinos no les humillen, o para que sus hijos no sean marginados en las escuelas. Tienen que callar o disimular y, aun así, no suele ser suficiente, porque el fanatismo mal tolera a los tibios o discretos. Canal escribe en unos momentos en los que estas tendencias están ya arraigadas pero se mantienen en un tono relativamente contenido para no deslucir la propaganda idílica de un proceso democrático, pacífico, ejemplar. Sin embargo, a estas alturas ya puede establecerse ‒desgraciadamente con un escaso margen de error‒ que el proceso de batasunización de la política y la sociedad catalanas es imparable. Las consecuencias son imprevisibles, pero siempre serán nefastas. A este respecto, se echa en falta que partidos e instituciones se pronuncien con claridad y determinación. Pues no se subraya que la capacidad de resistencia de los constitucionalistas es, por fuerza, limitada, aunque sólo sea por razones temporales. Si ya es imposible exigirle a un ciudadano que se comporte como un héroe, más inviable aún es pedirle que lo sea a tiempo completo, de manera indefinida y arrastrando al peligro a su familia. Para el ciudadano común, para la vida cotidiana, no se activan los mecanismos más elementales del Estado de derecho, los que permiten vivir en paz, libertad y seguridad. De seguir así, la contienda estará inexorablemente perdida. Será únicamente cuestión de tiempo. Y ellos lo saben.


El tercer bloque del libro es una disección magistral de la reescritura nacionalista de la historia, la reelaboración sectaria de las tradiciones y el uso partidista de todo tipo de símbolos culturales para componer una sostenida «apelación a las emociones» que genere un universo nacional de «identidad, pertenencia y cohesión» de «los propios» (catalanes) frente a «los otros» (españoles), caracterizados en el mejor de los casos por su incomprensión y, más habitualmente, por su hostilidad. Como dije en el caso de los acontecimientos políticos concretos, tampoco puedo detenerme en este ámbito, que requeriría un amplio apartado expositivo. Y para quienes echen de menos una crítica de los mecanismos que ha puesto en marcha el gobierno de la nación y el Estado de derecho para responder a este desafío que algunos llaman «golpe de Estado posmoderno», les recuerdo que el libro de Jordi Canal se centra en el nacionalismo catalán y el proceso independentista, no en lo que en algunos hemos diagnosticado como crisis del régimen constitucional de 1978.


La perspectiva de un independentismo que se ha echado al monte no proporciona precisamente una perspectiva tranquilizadora.


Aun así, es inevitable que el libro termine con unas consideraciones que no afectan tan solo a uno de los contendientes, el nacionalismo catalán, sino que se amplían al marco español. Haré en este punto una confesión personal que me ha supuesto en los últimos meses muchas desavenencias con amigos, colegas y contertulios en general: frente al mayoritario «lo peor ha pasado» –en referencia a la crisis de octubre de 2017‒, siempre he sostenido que ello sería, en todo caso, cierto si preferimos el diagnóstico de un cáncer avanzado y con metástasis a un infarto agudo de miocardio. Es verdad que con el infarto –la declaración unilateral de independencia‒ se nos va el paciente, pero no es menos cierto que la perspectiva de un independentismo que se ha echado al monte no proporciona precisamente una perspectiva tranquilizadora. Magra satisfacción me produce también por ello que el autor coincida con mi apreciación personal: tras las elecciones del 21-D, escribe, «muchas cosas han seguido igual o incluso han empeorado en Cataluña» (p. 377). Cita Canal todo el catálogo de desafíos independentistas, alude a la vulneración de la legalidad vigente (añado que poco menos que impune en muchos ámbitos, como el orden público) y destaca, en especial, el esfuerzo que ya a estas alturas puede darse por conseguido (¡una victoria más!) de internacionalizar el conflicto. Sostuve, por mi parte, desde el principio que dicha internacionalización –ante la que el Estado no impulsó, por decirlo suavemente, todos los mecanismos que estaban a su disposición‒ era a largo plazo, junto con la judicialización de la política, uno de los mayores peligros de esta crisis. Creo que, a estas alturas, ya nadie puede ponerlo en duda. Con todo ello el independentismo va extendiendo su relato, como ahora se dice, allende las fronteras, a la par que siembra un victimismo siempre rentable en última instancia. Mientras, mantiene o intensifica el control del espacio público (¿dónde quedó la primavera constitucionalista?), alardea de su hegemonía en el ámbito educativo y reta al Estado desde el dominio absoluto de los grandes medios (televisión, radio y prensa). ¡Y todo ello con el artículo 155 de la Constitución activado! ¿Para qué ha servido?


Suele usarse con frecuencia el término aceleración para caracterizar la marcha de los acontecimientos en este mundo que vivimos y, muy en especial, para singularizar la dinámica política. Casi convertido en tópico, este planteamiento del ritmo vertiginoso de la vida pública es difícilmente cuestionable ante situaciones como las aquí descritas. Cuando habíamos aceptado, por la fuerza de los hechos, que en cuestión de semanas las cosas podían mutar hasta extremos a priori difícilmente concebibles, hete aquí que la susodicha aceleración nos arroja a un panorama de cambios progresivamente más bruscos y radicales. Unas transformaciones que, como todo el mundo sabe, no han dejado títere con cabeza o, por decirlo en términos más concretos, han afectados a los tres niveles posibles del conflicto: primero, al propio campo del independentismo, con un reordenamiento de líderes como consecuencia de las actuaciones judiciales; segundo, a las relaciones entre la Comunidad Autónoma y el Gobierno de la nación, con la constitución de un nuevo Govern y el levantamiento del artículo 155; y, en tercer lugar, la caída del gabinete de Mariano Rajoy y su sustitución –mediante moción de censura‒ por una alternativa de heterogénea composición, en la que no cabe ignorar el peso de los partidos independentistas. Sea como fuere la ulterior evolución de los acontecimientos, el conflicto dista mucho de presentar un cariz tranquilizador o meramente encarrilado.


Canal escribe cuando la opinión pública no sabía nada aún de Quim Torra y de su ideario (?) político, pero eso a la larga resulta casi irrelevante. Pues su análisis sigue teniendo la misma vigencia ahora que hace seis meses: «La aventura independentista ha llegado tan lejos como consecuencia de los silencios, la infravaloración o la incredulidad de aquellos que podían haber reaccionado mucho antes, desde el Gobierno de Mariano Rajoy a la Unión Europea, pasando por las oposiciones, los intelectuales o los empresarios». Y añade un matiz esencial desde mi punto de vista: «Los proyectos alternativos mínimamente convincentes e ilusionantes han brillado por su ausencia». En efecto: «¡Es la política, estúpidos!», es la política lo que ha fallado o, mejor dicho, lo que ha faltado clamorosamente. Y así nos va. Y así están las cosas, en ese impasse kafkiano en el que nadie atisba solución alguna, pues el presente no puede ser más inestable, ya no podemos volver al pasado y el futuro se adivina tenebroso. En los compases finales de su magnífica obra, Canal vuelve a remitirse a Kafka y al señor K, cuando dice que «lo único que puedo hacer es mantener el sentido común hasta el final». El autor se agarra a ese clavo ardiendo y califica ese llamamiento al sentido común de «programa auténticamente revolucionario» en estos tiempos. No quiero ponerlo en duda, pero no deja de ser una apelación retórica. Y el hecho de que el mero sentido común sea inviable nos muestra el punto al que hemos llegado. Patético. Kafka en Cataluña, ciertamente".


Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia y profesor de Filosofía. Sus últimos libros son Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Madrid, Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo: del 98 al desencanto (Madrid, Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Madrid, Marcial Pons, 2014).