miércoles, febrero 27, 2008

CÉSAR VALLEJO Y LAS NUEVAS MANERAS UNIVERSITARIAS

Comienza la clase con el consabido retraso del llamado “cuarto de hora pedagógico”. Se trata de una costumbre institucionalizada desde hace muchísimos años en la Universidad de Barcelona. Supongo que en casi todas. Nada que objetar. La profesora de Literatura Hispanoamericana del siglo XX lleva unos minutos explicando al poeta peruano César Vallejo. Tras unas nociones biográficas, aborda el primer libro de este poeta, editado en una oscura imprenta de Lima en 1918. Se trata del poemario “Los heraldos negros”. Llaman a la puerta y la profesora interrumpe la explicación, desciende de la tarima y la abre. Entra una alumna sin decir nada y se dirige hacia un asiento libre de la última fila del aula recoleta y empinada. Reanuda la explicación: “Con Los heraldos negros, César Vallejo rompe los moldes del reinante modernismo. Los temas de siempre –el amor y la vida, Dios y la muerte, la tierra y la patria- se tratan con gran originalidad, pero con una suerte de tensión en su disparidad, una mezcla de inocencia y sofisticación, de tradición y...” Vuelven a llamar a la puerta. En otras ocasiones suelen abrir los alumnos más próximos de la primera fila, pero hoy la profesora se adelanta. Ahora es un alumno, con mochila a la espalda, que entra sin decir absolutamente nada. Dos alumnas de la segunda fila, becarias Erasmus, rubias, esbeltas y en manga corta a pesar del fresquito dominante, toman apuntes con una mano y devoran con fruición una especie de ensaimada gigantesca con azúcar molido. De vez en cuando una bebe zumo de un frasco de vidrio de no menos de medio litro y la otra apura el agua que le queda de una botella de litro y medio. Las miro con pasmo. La profesora, impertérrita, sigue con su explicación. Ahora se refiere a “Trilce” la segunda y última obra de Vallejo publicada en vida. Casualmente el poema que nos hace leer, tras entregarnos la fotocopia correspondiente, es el XXVIII que comienza así:

“He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
mi padre que, en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido.”

El poeta en su soledad experimenta una suerte de orfandad y añora el almuerzo familiar en compañía de su numerosa familia en la modesta casa de Santiago de Chuco. El padre, que se hace esperar, es quien bendice la mesa donde los choclos (mazorcas de maíz) constituyen el alimento habitual. Todo un ritual. Mientras sigue el comentario y la tímida participación de algunos alumnos, las dos becarias de Erasmus ya han finalizado su almuerzo ilustrado. Apuran el último trago. Otras dos alumnas más llamarán a la puerta mediada la clase. Más de lo mismo. La profesora abre, cierra y ellas, sin decir esta boca es mía, se sientan donde pueden. La profesora, a su vez, sigue con César Vallejo...

No me ha sorprendido el retraso de los alumnos. En la Universidad española es habitual. Me ha chocado que estos no hayan tenido la deferencia de excusarse o de saludar brevemente a la profesora que, paciente, les ha abierto la puerta una y otra vez. Qué decir de las que almorzaban felizmente en plena clase... Creo, sinceramente, que soy del siglo pasado y de otra galaxia. Ayer escribía sobre la tolerancia. Todo tiene un límite. La permisividad total, me reitero en ello, es una dejación que se traduce en esta ausencia de maneras...Eso es lo que pienso. Otra explicación es que yo sea un personaje anacrónico en el siglo XXI, extranjero en la galaxia actual y supinamente ajeno a los hábitos y costumbres al uso...

3 comentarios:

  1. Anónimo9:42 a. m.

    Yo también soy universitario y testigo de estas cosas. No tienen importancia. Eso de las buenas maneras ya no se lleva y, además, son formas artificiales anticuadas. Hay problemas más graves. Te aconsejo que pases...

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  2. yo tuve el otro extremo, cada vez que cuento que un profesor de vez en cuando me soltaba un guantazo de cuidado la gente se rie, a mi no me da ni la mas mínima gracia. sin embargo aquellos profesores que no solo sabían dar clases, sino también sabían contar historias y educar con la palabra, me moría yo de vergüenza de llegar tarde a una de sus clases o de no hacer otra cosa que fuera atenderles y respetarles.Pero es verdad que las cosas van cambiando con las generaciones y me temo que para peor. me considero pesimista perdido. hoy, la generación play station como les llamo (tambien se le puede llamar generación X-BOX)no tienen ni reciben los mismos valores de la primera linea de educación que es la familia, es largo de analizar, quizás una crisis que lleva a los padres a pasar 100% de tiempo activo pensando en su trabajo o la forma de sobrevivir. gracias a algo yo me crié en un lugar subdesarrollado donde aun los padres hablaban con los hijos yo creo que eso va escaseando

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  3. (No estoy por supuesto en absoluto de acuerdo con el comentario de "Anónimo", vaya eso por delante)


    Luis Antonio: no es que seas un carca ni un antiguo, es que hoy la mala educación brilla por su ausencia, en la universidad y en todos los ámbitos.

    Seré una antigua, pero mis hijos, de 14 y 9 años, en cualquier sitio dan las buenas tardes y ceden su sitio en la acera a personas mayores. Estaría bueno, anónimo.

    B.

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