Hay muchas personas merecedoras de admiración. Hacer
referencia a ellas resultaría más que prolijo. Por eso me centraré en un sector
de las mismas. Me refiero a las dedicadas a escribir libros, artículos o a
impartir conferencias, debatir... De tales libros y conferencias me asombra
especialmente el uso y combinación de las palabras y el tono empleados. A veces
el fondo o contenido de dichas obras llega a parecerme hasta secundario porque
la mayoría de los temas han sido tratados desde tiempos remotos. Solo cambia el
contexto histórico-social.
Las palabras, sin embargo, pueden ser muchas y
combinarse de una u otra manera. Y el tono es como el condimento de la
expresión. Y precisamente ahí está el encanto que explica mi admiración. No
ignoro que tan importante es el fondo como la forma.
En literatura, el debate sobre el fondo y
la forma consiste en saber cuál de los dos es más relevante. Ahí están
conceptistas y culteranos, Quevedo y Góngora…Ello ha servido para numerosas
polémicas, y todavía no están unánimes los pareceres. No obstante, es un
hecho indiscutible que la forma es el elemento capital de toda producción
literaria.
El fondo de la literatura, los pensamientos y
sentimientos que, por medio de la palabra, comunicamos a los demás, se refieren
en todos los casos a Dios, al hombre, a la Naturaleza y, en general, a todo
cuanto existe, ha existido y puede existir.
Si los escritores conceptistas exprimen las
posibilidades de la lengua partiendo de los significados de las palabras, los
culteranos consideran, ante todo, la belleza formal. Frente a la concentración
conceptista, sobresale en los culteranos la ornamentación exuberante.
Siempre he preferido a conceptistas frente a
culteranos, pero últimamente me seduce más la riqueza formal que la centrada en
el fondo…La posible razón podría hallarse en que los contenidos son mucho más
previsibles que las formas de expresarlos.