martes, octubre 18, 2011

jueves, octubre 13, 2011

Hijos de la Ilustración moderna...


Siempre he tenido fe en el progreso. Siempre he confiado en que el poder de la razón y del conocimiento acabará con toda suerte de  supersticiones y toda sarta de patrañas que nos han malvendido y que mantienen al ser humano en minoría de edad, confunden su mente y le impiden pensar por sí mismo y con criterio.

 La libertad y la capacidad de pensar, me he dicho y les he dicho una y mil veces, son los puntales que han de permitir a la humanidad mirar el futuro sin miedo.

Últimamente, sin embargo, estoy cuestionando estos principios, hijos de la Ilustración moderna,  y me preocupa....

Porque no tengo recambio.

domingo, octubre 09, 2011

MIGUEL S E R V E T, humanista, médico, teólogo, hereje, mártir... (500 años)



No sé qué imagen proyectamos al  manifestar afectos y sensibilidades varias  por  según qué noticias, pero qué queréis que os diga, a mí no me ha emocionado la boda de la duquesa de Alba y no pienso ojear la revista Hola que, según he leído,  dedica a este magno evento la friolera de 75 páginas de papel cuché. Tampoco me ha conmovido especialmente la muerte de Steve Jobs, cofundador de Appel, al que no pocos consideran más que un Edison moderno. Y esto último puede parecer una ingratitud con este señor porque ningún ordenador me ha despertado tanto afecto como aquel pequeño Macintosh  y dudo que haya artilugios que me enganchen tanto como el iPad actual. Lo cortés no quita lo valiente, a la duquesa y al nuevo duque consorte les deseo mucha felicidad y a Steve Jobs que descanse en paz.

Menos páginas está ocupando la celebración del 500 aniversario del nacimiento de Miguelo Servet, pero yo, y sin ánimo de provocar, sí quiero dedicarle unas líneas, aunque sólo sea a título de recordatorio. Se lo merece.

Miguel Servet, (1511-1553), quizás el aragonés por el que siento más admiración, además de descubrir la mecánica de la circulación de la sangre, que no es poco,  representa un modelo ejemplar de intelectual en tiempos aciagos para el ejercicio de semejante menester. Servet defendió la libertad de expresión y fue un precursor de la tolerancia y pionero de una forma de pensamiento político, que hizo suyas la Ilustración,  y que conducirán a la democracia moderna.

A Miguel Servet, aunque ha costado, ya nadie le niega haber sido una especie de adalid de la tolerancia y de la libertad de conciencia. Decir hoy que cualquier persona tiene derecho a seguir su propia conciencia y a expresar su  opinión personal está más que asumido y, salvo lamentables excepciones, no acarrea más consecuencias. Manifestar en el siglo XVI que todo lo que puede ser pensado, puede ser dicho, discutido y hecho era, como mínimo, temerario. Mejor dicho, suicida...

Miguel Servet  se convirtió en un experto conocedor del griego, del hebreo, del francés,  del italiano y por si todo esa bagaje fuera poco, escribía en latín, la lengua franca de la época. Le tocó vivir un momento intelectual caracterizado por los debates bíblicos, las traducciones y versiones de los antiguos, que no era otra cosa en el fondo que la discusión sobre la vida, la fe y las creencias de la época en continua controversia.

Todo resulta  fascinante en este personaje, su valor, su inteligencia, su cultura científica, teológica y humanista... Ejerció de médico durante años, huyendo de las ortodoxias católicas y protestantes, porque le tocó vivir los años borrascosos de la Reforma luterana y calvinista, y la Contrarreforma.

A diferencia de Erasmo, también enfrentado con católicos y protestantes,  que supo ser prudente ¿o cobarde?,  Servet pecó de ingenuo u osado, pero su arrojo en la defensa de sus ideas y la creencia de que el debate entre personas inteligentes no tenía límites le provocaron enemigos acérrimos tanto dentro de la ortodoxia católica como de la calvinista. Fruto de ello fue doblemente llevado a la hoguera, primero, en efigie, por los católicos en la ciudad francesa de Vienne y luego en carne y hueso, 27 de octubre de 1553, por los calvinistas suizos. La saña de los calvinistas llegó a tales extremos que pusieron lecha verde para que durara más la agonía.

Su muerte no fue baldía. Afortunadamente. Un pequeño núcleo de humanistas e intelectuales protestantes, reunidos en Basilea, acabarán reconociendo que  Servet se les había adelantado en varios textos e insistido en el derecho de toda persona a adherirse a la religión que su conciencia le indique y a exponer sus ideas con libertad. No la fuerza, sino la discusión es la mejor arma de todo pensamiento. Este principio se fue abriendo camino lentamente, hasta llegar a empezar a triunfar con la Ilustración. Hoy, gracias a la originalidad y el valor de Servet, constituye la base de convivencia de todos los pueblos civilizados. La trágica muerte de Servet generó la conocida reflexión del también hereje Sebastián Coastellio: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre”. Históricamente hablando, Servet murió para que la libertad de conciencia se convirtiera en un derecho civil en la sociedad moderna.

En 1903, un grupo de calvinistas ginebrinos erigió un monumento al médico aragonés en la colina donde éste había sido quemado. En el texto que figura en la placa metálica se reconocen los valores de aquel personaje extraordinario ejecutado erróneamente  y también se pone de manifiesto la intención expiatoria de tal monolito. En España, aunque tarde, también se le valora, pero todavía se está muy lejos de hacerle la justicia que se merece.

Síntesis de lo que fue Miguel Servet  está reflejado en el monumento erigido en Annemasse (el pueblo francés más cercano a Ginebra) en su honor. En sus cuatro caras se lee, entre otras cosas:

“Miguel Servet, helenista, geógrafo, médico y filósofo, debe ser apreciado de la humanidad por sus descubrimientos científicos, su abnegación en favor de los enfermos y pobres, y la indomable independencia de su inteligencia y su conciencia”.

martes, octubre 04, 2011

“Patria est ubicumque est bene” (y lo demás son gaitas)


El sentimiento de pertenencia a un país genera no pocos conflictos en esta, aunque vieja, todavía inmadura “piel de toro”. El patriotismo se alimenta de una serie de verdades que el militante convencional considera indiscutibles: derechos históricos, costumbres, tradiciones, religión, unidad lingüística, fronteras, etc. Estas verdades, dogmas para muchos, llegan a revestirse de una moral que empuja a la lucha y a la entrega de la vida si las circunstancias lo requieren... Se trata de un patriotismo con raíces románticas que puede desembocar en  la desmesura. Y de ahí al  patrioterismo sólo hay un trecho...

Frente a esta modalidad de patriotismo henchido de sentimentalismo  encontramos el cosmopolitismo que proviene directamente de la Ilustración y de la fe en una razón de carácter universal. Los llamados cosmopolitas – ciudadanos del mundo – reniegan de esta suerte de modalidades patrióticas de pertenencias limitadas y de los nacionalismos que degeneran en chovinismos, xenofobias e intolerancias fundamentalistas. Al conjunto de la humanidad, que es el objetivo ético cosmopolita, no se la reconoce por medio de emotividades como la españolidad o la catalanidad, sino más bien superando esas diferencias, para algunos identidades, y considerando, sobre todo, lo que hay de común entre todos los seres humanos, al margen de sus peculiaridades. 

Simplificando, podríamos decir que patriotismo es a cosmopolitismo lo que el sentimiento es a la razón.  El contraste entre ambas maneras de entender la pertenencia es más que evidente. Y de ahí... su aparente antagonismo. Y digo aparente porque es prácticamente imposible desligar la emoción de la razón. Afortunadamente.

Aunque me siento mucho más distante del patriotismo – la carga emocional la reservo para otros quehaceres -  que del cosmopolitismo, tengo que reconocer que ninguna de las dos formas de pertenencia me satisface plenamente. La una peca de sentimentalismo y la otra de fría racionalidad universalista.

Y como  yo soy de los que no entienden la emotividad sin la racionalidad, aunque sea en dosis variables y en función de las circunstancias, y como lo del término medio, que quizás solventaría esta disyuntiva, es harto difícil de encontrar,  hoy la fortuna me ha sonreído al ponerme delante de una frase de Cicerón que solventa mis divagaciones (Patria est ubicumque est bene), “La patria  está donde uno  está bien”. Y añado yo, “y lo demás son gaitas”